Onegin

Llegaba tarde. No era la primera vez. Aunque no la conociese tanto tiempo para afirmarlo rotundamente, estaba casi seguro de que se había dormido y había perdido el tren.

Intentó hacer tiempo leyendo un libro para clase, pero no podía concentrarse. Solo podía pensar en el reloj, los minutos que pasaban y ella que llegaba tarde. ¿Por qué tenía tantas ganas de que llegase? Frunció el ceño. No era conveniente que tuviese tantas ganas de verla: ella tenía novio.

–          ¡Siento el retraso! – dijo una dulce voz mientras alguien se sentaba a su lado. Noa levantó la vista del libro y su ceño se desfrunció al momento.

–          No pasa nada.

–          He perdido el tren… – él sonrió – ¡No es mi culpa! – protestó ella al ver su sonrisa – Los trenes van fatal últimamente. Creo que es porque no dan abasto en la estación central.

–          Probablemente.

Danielle le dio una pequeña palmada reprochadora en el hombro. Parecía ofendida.

–          ¡No me des la razón con ese tono: es la verdad!

Noa sonrió más ampliamente.

–          Que sí, que sí.

–          ¿Qué lees?

–          Eh… nada – respondió guardando el soporífero libro sobre economía en su mochila. – ¿Qué te cuentas?

–          Pues me cuento… – se levantó para quitarse la chaqueta mientras hablaba. Debajo de aquella negra y aparatosa chaqueta llevaba una camiseta de un grupo de música y una minifalda. Nunca la había visto con minifalda. Le quedaba muy bien. ¿Por qué no solía llevar minifaldas más a menudo? – ¡Noa!

–          ¿Qué?

–          ¿Me estás escuchando?

–          Eh… estaba viendo tu camiseta. Conque te gustan The Who.

Ella sonrió achinando los ojos, le gustaba aquella sonrisa.

–          ¡Sí! ¡Y que la camiseta estaba de oferta y no me pude resistir!

Noa rió ante aquella respuesta tan inesperada.

–          Bueno ¿qué estabas contando?

–          Ah, nada: que ayer vi otra peli.

–          ¿Ves películas todos los días?

–          Casi, sí.

–          ¿Pero eso no te quita mucho tiempo?

–          Calla, que pareces mi madre.

Era lo último que Noa quería parecer, así que le preguntó sobre la película en cuestión.

–          Onegin.

–          ¿One… qué?

–          O-ne-gin.

Se quedó igual.

–          Tiene bastantes años, está basada en una ópera de Tchaikovski, que a su vez está basada en un poema ruso. La peli es de 1999. Está protagonizada por Ralph Fiennes y Liv Tyler.

–          ¡Me gusta esa actriz!

–          ¡Y a mí ese actor!

–          ¿Y de qué va?

–          A ver… buf.

–          ¿Buf? ¿No sabes de qué va?

–          Sí, sí sé de qué va, la peli me encantó. Pero… no quiero contarte nada que te la pueda fastidiar.

Noa sacó una botella de agua de su mochila y bebió un trago.

–          Pues a ver si con esa cabecita que tienes, me la cuentas sin fastidiármela.

Danielle le arrebató la botella y bebió ella también. Después estuvo un momento pensativa.

–          Onegin es… un noble ruso, uno de esos hombres del XIX hastiados de todo, de la gente, de la sociedad, de la vida.

–          Como los románticos franceses…

–          Sí, pero ruso. Por cierto, sale San Petersburgo increíblemente preciosa, quiero ir algún día. El caso es que él es un hombre privilegiado, ya he dicho que noble. Así que tiene las necesidades básicas cubiertas y puede permitirse eso de criticar a la sociedad y el mundo en el que vive. De hecho, hace dibujos de la gente con la que coincide y esas cosas, y hay una escena en que la chica le pregunta: “¿Es Petersburgo realmente como la dibuja?” y él responde “La dibujo como la veo”. Y es genial, porque plantea que las cosas no son como son, sino como las vemos, ya sabes, la importancia de la subjetividad del sujeto en cada historia… Además, él mismo define su afición de dibujar caricaturas como holgazanería, lo cual muestra que tiene un pésimo concepto de sí mismo también.

Lo decía con tal tono de emoción que no cupo duda alguna:

–          Te gusta ese hombre ¿eh?

–          Bastante, sí.

Noa no dijo nada por un momento, intentando dilucidar qué podía significar aquello. ¿Hasta qué punto le podía gustar un personaje de una película? ¿O lo que le gustaba era lo que representaba?

–          Por otra parte… – calló un momento.

–          ¿Por otra parte?

–          Es que no sé si me desviaré mucho del punto…

–          Dilo – animó Noa.

–          Bueno, por otra parte estaba pensando en el por qué de esos personajes que se cuestionan su mundo y parecen ser los únicos que lo hacen en su entorno.

–          Pero ya lo has dicho, porque son privilegiados,  con las necesidades básicas cubiertas y tiempo para pensar y pensar.

–          Sí, pero aun así no todos los seres privilegiados se paran a pensar en su situación. No sé, es como si hubiera solo unos elegidos que hicieran eso en cada generación. ¿No te has parado a pensarlo? – Noa pensó que si había privilegiados de esos en su generación, una era Danielle, sin duda.

–          Por lo tanto estos son doblemente privilegiados pues son conscientes de sus privilegios ¿no?

–          Sí, aunque… no sé… tampoco creo que eso les ayude o sirva de mucho… supongo que por eso son pesimistas, porque ven el lado más negativo de su privilegio… Bueno, el caso es que Onegin recibe una carta de su tío que se está muriendo. Así que, como está cansado de la ciudad y su vida en ella, decide ir al campo, a la hacienda del tío moribundo.

–          Y ahí entra en juego la chica, Liv Tyler, supongo.

–          Supones bien.

–          Se enamoran.

–          No. Coinciden y ella es totalmente distinta a la clase de mujer a la que él está acostumbrado…

–          Y se enamora de ella por eso.

–          No. Es ella quien se enamora de él.

–          ¡Pero si es el hombre más deprimente que pueda conocer!

–          No es tan raro que le guste.

–          ¿Porque es Ralph Fiennes?

–          Por eso, lo que le da muchos puntos, y porque el hombre hastiado es una mirada crítica a la sociedad y la joven Liv Tyler es una idealista que mira con ojos críticos a la sociedad que la rodea, otra privilegiada, pues.

–          ¿Idealista y crítica? – preguntó él, escéptico.

–          Sí, porque ella está en contra de la esclavitud y demás cosas propias del antiguo régimen… y cree que Onegin también porque, cuando le preguntan, dice que alquilará sus tierras, las que ha heredado del tío, a los labradores que la trabajan.

–          Y eso está en contra del antiguo régimen.

–          Sí.

–          Vale. ¿Y luego?

–          Luego ella se declara.

–          ¡Qué fuerte!

–          No te burles.

Noa sonrió. Ella estaba tan emocionada contándole todo aquello…

–          No me burlo, sigue: ella se declara.

–          Sí, pero él la rechaza.

–          Porque es un tío que está hastiado de todo y no cree en el amor.

–          ¡Precisamente! – parecía sorprendida de que él hubiera llegado a esa deducción. No sabía si sentirse ofendido o halagado. – El caso es que por una serie de razones que no voy a desvelar, él se va y la deja. Pero ella es fuerte y se sobrepone.

Noa ya no sabía si quería que ella siguiera con la película. No le gustaban especialmente los dramones románticos, pero decidió callarse y dejarla continuar.

–          Luego pasan más cosas, pero no te las voy a contar, porque si no te habré contado básicamente lo más bonito de la película. Pero lo que más me gustó fue…

En realidad no tenía nada en contra de los dramones románticos.

–          …la manera en cómo ella siente su primer amor. Cómo la peli lo muestra es genial ¿sabes?

No le importaba verlos, después de todo. Había visto muchos en su vida. ¿Por qué su reticencia ahora a verle hablar de amor?

–          Ella pasa las noches sin poder dormir, y se ve un momento genial y súper emotivo cuando decide escribirle una carta. Nosotros no sabemos sino pinceladas de lo que escribe, palabras que susurra en su momento de éxtasis, y no será hasta mucho, mucho después que sepamos el contenido íntegro de la carta… ¡y es tan tierno!

–          Guau, porque ella es joven y no es tan deprimente como él ¿no?

–          Sí, por eso en parte la rechaza él.

–          ¿Qué? ¿por ser joven o por no ser deprimente?

–          No, porque dice que es impresionable y que igual podría haberle impresionado él que otro que hubiese llegado irrumpiendo en su ingenua imaginación.

–          ¡Qué idiota engreído!

–          Un poco, pero lo entiendo, ten en cuenta que es un desengañado de la vida. Tiene que verlo todo lo más negativamente posible.

–          ¿Pero cómo puede ser así de imbécil? Y seguro que a ella la deja fatal.

–          La deja, sí. Pero he ahí otra cosa buena de ella, y es que, como he dicho antes, se sobrepone. Y se promete no cometer los errores que Onegin le había predicho que cometería si llegaban a casarse.

–          ¡Bien por ella!

–          Sí, pero luego eso es peor.

–          ¿Me vas a contar el final?

–          Ay, no. Perdona.

–          No, no, no me importa: cuéntamelo.

Ella se levantó de la silla mientras negaba con la cabeza. Noa temió que le dijese que se iba, que había recordado que tenía otro compromiso, que se iba con su novio.

–          ¿Vamos a comer algo? ¡Estoy hambrienta!

Entonces él sonrió, aliviado, asintiendo, aunque sabiendo que aquello solo empeoraba las cosas y que lo mejor sería irse y dejarla, dejar que se fuera… con su novio.

–          Vamos a comer algo.

 

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