Las mudanzas de la Luna…

…aplicado al público de las Comedias.

Se trata de una loa. Las loas eran composiciones, a veces en verso, a veces en prosa, que se recitaban entre los actos de las comedias. En ellas se contaban historias, se hablaba sobre el teatro o se procuraba la buena disposición del público para con la obra principal que fueran a ver.

En El viaje entretenido de Agustín de Rojas (1572-1635), se encuentran varias de estas loas, algunas realmente graciosas. Esta en particular cuenta que a la Luna fueron a casarla, pero ella dijo que no podía casarse si no era con el Sol, porque estaba enamorada de él. Como los dioses accedieron a su deseo, mandaron a un sastre de la Tierra para que tomara las medidas para su vestido de novia, y una vez tomadas se fue a la tierra a coser el vestido. Lo malo es que al volver para que la Luna se probase el vestido, el sastre se encontró a la Luna en otra fase, de manera que el vestido le venía pequeño. Consecuentemente, la Luna se enfadó mucho, mucho, y el sastre tuvo que retomarle las medidas. Al volver con el nuevo vestido, un tiempo después, la Luna había vuelto a cambiar de fase. En esta ocasión el vestido le estaba grande. De nuevo la Luna se enfadó… El autor termina la loa diciendo que este mudar que caracteriza a la Luna, que no consigue ser satisfecha por el sastre, le haga el vestido que le haga, es igual que el mudar del público de comedias, que tampoco está contento nunca.

Es un cuento precioso y la comparación me pareció genial cuando lo lei. Aquí dejo el extracto del texto original. Sé que es algo difícil de leer, pero ya sabiendo la historia quizá no cueste tanto. Siento también la extensión… Para que no fuera tan pesado de leer, ni pareciera tan largo, lo he compactado como si fuera un texto, pero he puesto las barras allí donde acaba cada verso.

*****

Un cuento vengo a contaros, / y no sé por dónde empiece; / sospecho que es muy gracioso; / oíd, que yo seré breve. / Tuvieron entre los dioses / allá en el cielo un banquete, / a honra de Lampetusa / y del hijo de Climene. / Halláronse en él Apolo, / Júpiter omnipotente, / el fuerte nieto de Atlante, / y aquel hijo de Semele, / Vulcano, Saturno, Marte, / y los dioses que en la fuente, / de temor de aquel gigante, / se convirtieron en peces; / el dios Eolo, Neptuno, / Frijo, con su hermana Hele, / y las que en los desposorios / del Dios Peleo y de Tetis, / por la manzana compiten / a quien más hermosa fuese; / y aquélla que calurosa / llegó a beber a una fuente, / que unos rústicos la impiden / y ella en ranas los convierte; / la diosa de la elocuencia, / Doris, Anfitrite y Céres. / Después de haber bien bebido / y estar los dioses alegres, / entran todos en consulta / diciendo que les parece / que ya la Luna es muy grande / y está a pique de perderse, / que será razón casarla / por el decir de las gentes. / Los dioses dicen que es justo / y que se case conviene, / porque doncellas y hermosas / están en peligro siempre. / «Que se le busque un marido / humilde, noble, prudente, / muy honrado y principal, /
de buen talle y buena suerte, / no jugador ni vicioso, / ni de aquestos galancetes / todos palabras y plumas.» / Y los dioses lo conceden. / A llamar envían la Luna / y ella muy compuesta viene, / con los ojos en el suelo / como las doncellas suelen, / muy mesurada y honesta, / hermosa más que otras veces, / porque en aquesta ocasión / dicen que estaba en creciente. / Díjole Apolo: «Hija mía, / aquestos señores quieren / casaros, porque no diga / el vulgo errante e imprudente / que estáis sola y sin marido; / mirad vos lo que os parece». / Ella respondió muy grave: / «Perdonen vuesas mercedes, / que no me puedo casar, / porque ha más de cinco meses / que he dado mano y palabra / por el decir de las gentes. / -¡Cómo palabra! ¡oh, traidora! / ¡oh, Luna infame! ¡oh, insolente! / Échenla luego del cielo; / ninguno por ella ruegue». / Alborótanse los dioses, / levántanse los parientes, / unos dicen que la maten, / otros que bien lo merece. / Mas las diosas, como nobles, / y al fin fin como mujeres, / que ya saben en qué caen / estos dimes y diretes, / no haciendo arrumacos de esto, / les dicen que no se alteren, / y pregúntanle a quién ama: / y responde que al Sol quiere. / «Pues si es el Sol, dijo Venus, / luego al momento se ordene / que el Sol y Luna se casen; / a llamarle al punto vuelen». / Van luego, avisan al Sol,
vino humilde y obediente, / mandan que la dé la mano / a la Luna, y él, alegre / y con su suerte dichoso, / aquel mandato obedece. / «Para en uno son», les dicen, / estando Himeneo presente. / Fue la Luna a replicar, / mas de vergüenza no puede, / y al fin se casó por fuerza, / por el decir de las gentes. / Publicase por el cielo / que se hagan fiestas solemnes, / que se enciendan luminarias, / haya toros con cohetes, / cañas, justas y torneos, / haya saraos y banquetes, / máscaras y encamisadas, / buenas farsas y entremeses; / que vayan luego a la Tierra / y traigan sin detenerse / a la compañía de Ríos / para que les represente / saquen telas y brocados / haya bordados jaeces / y, sobre todo, que al punto / un sastre o dos les trujesen, / para cortar los vestidos / a los novios; van y vienen, / y traen un sastre famoso / de aquestos que nunca mienten. / Toma medida a la Luna, / llena entonces y en creciente, / para jubón, ropa y saya / de tela morada y verde; / y en secreto al sastre pide / le traiga, cuando volviere, / dos reales de solimán, / pasas, arrebol, afeite, / unto de gato, sebillos, / y alguna muda si hubiere, / para ponerse en la cara, / por el decir de las gentes. / Vínose el sastre a la Tierra, / y empieza muy diligente / a procurar oficiales, / a visitar mercaderes. / Sacando lo necesario / para un caso como aqueste, / hiciéronse los vestidos, / y hechos, al cielo se vuelve. / Recíbenle con gran honra / (que cualquier hombre que tiene / fama de bueno en su oficio, / que le honren todos merece). / Vino la Luna a probarse / sus galas, no muy alegre, / porque estaba ya en menguante, / y tan anchazas la vienen, / tan sin proporción, tan largas, / como a una niña de dos meses / los vestidos de su madre, / y aún más si más venir pueden. / Muy enojada la Luna, / admirados los presentes, / penoso el sastre y confuso, / le mandan que los enmiende, / que los achique y acorte; / el desventurado viene / admirado del suceso, / y en los vestidos se mete / como en tierra de enemigos: / corta todo cuanto puede / y hurta más de la mitad, / por el decir de las gentes. / Vuélvese al cielo otro día, / amanece no amanece, / cuando el Sol salía de casa / y la hermosa Luna duerme. / Aguardó que despertase, / y despertó cuando viene / Faetón de dar vuelta al mundo, / y su Cintia salir quiere. / Levantóse esta señora / allá cerca de las nueve, / y muy gallarda y compuesta / salió la Luna en creciente. / Admiróse el pobre sastre / y imagina cómo pueden / venirle aquellos vestidos / que de criatura parecen. / Saca fuerzas de flaqueza, / y con sudores de muerte / quiere ponerle una ropa / y no halla por donde empiece. / Comienzan al triste sastre / a maldecirle mil veces; / quiere ir a dar su disculpa / y aun oírsela no quieren: / antes, con voces y estruendo, / le dicen que es un aleve, / un bárbaro, un ignorante, / necio, simple, impertinente. / Y sin ser la culpa suya, / el desdichado enmudece, / y de afrentado no habla, / por el decir de las gentes. / ¡Oh, autor sastre y sin ventura, / vulgo menguante y creciente!, / con razón te llamo Luna, / pues en todo lo pareces: / ¿qué vestido hay que te venga. / ¿qué comedia te apetece? / Ya por grande, ya por chica, / ¿qué ropa hay que te contente? / ¡Desdichado del autor / que aquí, como el sastre, viene / con farsas, aunque sean buenas, / que ha de errar cuando no yerre! / Pues si uno no habla tan presto, / no falta quien dice: «Vete, / no te vayas, habla, calla, / éntrate luego, no te entres». / ¡Oh, Lunas en la mudanza, / que no hay nada que os contente! / ¡Tiempos en la variedad, / pues todos sois pareceres! / ¡Muerte en no perdonar nada, / pues no hay nada a quien reserve! / ¡Fortuna en el ser ingratos, / pues a quien la sirve ofende! / ¿Cómo puedo contentar / gustos que menguan y crecen, / aunque os tome la medida / y en serviros me desvele? / Que perdonéis os suplico / el yerro o falta que hubiere, / cuando no por ser quien sois, / por el decir de las gentes. /

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