Las manos del pianista

Estaban teniendo una agradable charla a la tenue luz de la luna. La banda que tocaba música en directo en la terraza estaba despidiéndose con una canción de rock clásico que animaba todo el local, mientras ellos se echaban unas risas rememorando buenos y graciosos ratos del día que llegaba a su fin. De repente, la mujer sintió frío y el grupo decidió entrar en el local.

Todavía un rato más siguieron hablando, pero entonces el joven – único chico en el grupo – miró sorprendido y anhelante un viejo piano que había en un rincón de la sala. Solo, cerrado, casi abandonado de su suerte. La mujer fue a preguntar y los camareros le dijeron que el piano estaba allí a disposición de cualquiera que supiera y quisiera tocar. El joven sonrió satisfecho con aquella respuesta.

– ¿Sabes tocar? – preguntaron las otras dos jóvenes.

– Sí… hace tiempo que no toco, pero sí, sabía.

Lo demás fue música. Las palabras, las bebidas, las risas, todo quedó suspenso. Un no sé qué se extendió desde la boca del estómago a las entrañas de una de las jóvenes desde el momento en que el joven pianista se sentó en la banqueta maltrecha y sus largos y finos dedos comenzaron a trotar libres y veloces por aquellas teclas engrasadas. Teclas condenadas al olvido sin remedio en aquel viejo local. La chica se sintió atrapada inmediatamente por el discurrir de los dedos y seducida por el sonido melodioso que producían. Le gustaba escuchar música sobre muchas cosas, pero no es que fuera ninguna entendida. Y a pesar de ser una inculta en la materia, no podía evitar sentirse hechizada. Sus ojos no se apartaban de las manos del pianista. Aquellas manos, cuyos dedos convocaban el silencio, mas después el canto acompañado de los coros improvisados de los oyentes que conocían los temas que tocaba. Aquellos dedos expertos de hombre inexperto sobre las teclas blancas y negras. Rápidos y seguros. La chica no oía aquellos coros, ni oía la risa de la gente que bebía ajena al sublime sonido en otras partes del pub, ni la canción que sonaba distante en la radio… Solo escuchaba la música que oía de aquel viejo trasto cubierto de polvo, que yacía desafinado, sin pena ni gloria en el rincón del local esperando tristemente a que unas manos como aquellas, manos de pianista, lo tocasen. Y entonces la chica se dio cuenta de que no estaba enamorada de la música ni, por supuesto, del pianista. Estaba enamorada de sus manos. No podía apartar la mirada de ellas… Se había enamorado de las manos del pianista.

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