Capítulo primero

Wellcome to the jungle sonaba de fondo en el oscuro tugurio. El ambiente estaba enrarecido y conforme avanzaba la noche y el alcohol corría por la barra, la gente empeoraba en calidad y embriaguez. Raquel iba de acá para allá sin descansar un minuto porque tenía a su cargo todas las mesas del local. Su jefe, Rafa, estaba en la barra sirviendo, pero todo lo demás le tocaba a ella. Odiaba su trabajo de camarera, tal vez porque el lugar no era el más glamuroso ni la gente la más educada. Además, no podía evitar recordar de vez en cuando la brillante carrera que le auguraban sus profesores cuando empezara a estudiar en la universidad. No es que fuera a ser ingeniera o arquitecta, más bien había empezado filología italiana, porque amaba leer por encima de todas las cosas y porque algún día quería ir a Italia. Sin embargo la vida no podía ser tan bonita y sus expectativas no tardaron en venirse abajo cuando su situación cambió por completo. Su padre se había ido con una mujer más joven, dejando a su madre delicada de salud y a ella a cargo de las innumerables deudas que él había contraído. Por eso tenía que trabajar todo el día en aquel bar, y encargarse de la mayor parte de los quehaceres caseros mientras soñaba con un futuro mejor. Un futuro que, a decir verdad, no veía tan lejano gracias a su novio David. Él le había ayudado mucho con su madre y era muy bueno con ella. Y es que era tan paciente y simpático… ¡y además muy guapo! No sabía decir muy bien en qué consistía la felicidad, pero sí que estaba bastante segura de que junto a aquel chico maravilloso sería capaz de encontrarla. Pensaba en eso, cuando su jefe se le acercó y, a una corta y desagradable distancia, le llamó la atención.

– ¡Despierta!

Parecía algo enfadado y la mandó al fondo del bar donde un tipo muy extraño esperaba sentado desde hacía rato.

– Lleva allí al menos veinte minutos sin decir una palabra. Se limita a observar y es muy siniestro. No me gusta, sírvele algo o que se vaya.

Raquel miró al hombre del que le hablaba su jefe. No logró distinguir su rostro. Pero vio que era delgado y estaba sentado tranquilamente, con una pierna cruzada sobre la otra manteniéndose medio oculto en la oscuridad. Sin rechistar, se dirigió hacia él. Conforme se acercaba vio la indumentaria del hombre: sencilla y sobria. Llevaba unos pantalones negros y una chaqueta de cuero, negra también, sin más adorno que un par de bolsillos en los que escondía las manos. A medida que se acercaba, intentaba distinguir mejor las facciones de su cara, pero estas se mantenían todavía en la sombra.

– ¿Qué va a tomar?

– Un whiskey.

No dijo nada más. Su voz era sorprendentemente dulce, a la par que seria y grave. Aquel hombre la atraía. Tal vez fuera tan solo por el misterio de que se rodeaba. Nunca había visto a nadie como él.

Sin preguntar nada más, se fue a la barra para servir. Por el camino un borracho la llamó.

– ¡Preciosa, tráeme otra!

Ella asintió y siguió hacia la barra pensando que aquel pobre borracho debería irse a su casa o a algún otro sitio a dormir la mona. Rafa captó su pensamiento por la cara que puso y respondió con un gesto recriminatorio que quería decir que no juzgara y sirviera. “Mientras puedan pagar, tú sirves. Punto.” solía decir. Lo estaba oyendo mentalmente y sonrió, aunque el hecho en sí no le hacía gracia. Abrió una botella de whiskey, la que solían servir, y llenó medio vaso bajo. Fue a llevarlo al hombre misterioso y, de camino, el borracho de antes volvió a llamarla.

– ¿Y mi cerveza, guapa?

– Ya va, ya.

Sentía repulsión por aquel borracho. La miraba con lascivia a pesar de que ella era siempre muy cuidadosa e intentaba no vestir provocativa, dado el público habitual de aquel triste local. Cuando llegó a la mesa del fondo, vio extrañada que el hombre de negro había desaparecido. Dejó el whiskey sobre la mesa pensando que tal vez estuviera en el lavabo. Fue a llenar una jarra de cerveza para el borracho y cuando fue a llevársela este le dio una grosera palmada en el culo. Raquel se giró y automáticamente respondió con una bofetada, lo cual irritó más al borracho.

– ¿Qué haces, puta?

El borracho perdió entonces todo control y se abalanzó sobre ella para restregar los senos y las piernas de la chica. Esta intentaba resistirse sin suerte, y mientras forcejeaba inútilmente pedía ayuda al resto de clientela, pero la gente en el bar tan solo miraba horrorizada sin hacer nada. De repente el borracho se vio impelido hacia atrás y la joven cayó de rodillas intentando no romper a llorar. Respiraba entrecortadamente por la impotencia que sentía, y vio, sin demasiada claridad, que el borracho estaba siendo golpeado por otro hombre. Con dificultad, fijó su atención y pudo distinguir finalmente que su salvador era el hombre misterioso del fondo del bar. Era más alto de lo que se esperaba, o tal vez era su perspectiva. Sintió algo de miedo al ver cuan fácilmente asestaba puñetazo tras puñetazo al borracho. Pero se alegró en el fondo con cada gemido de dolor que oía de él. Por fin el hombre de negro dejó al borracho tirado y vapuleado en el suelo y, haciendo caso omiso de los espectadores, fue hacia Raquel. Le tendió una mano y la ayudó a levantarse. Ella notó entonces que estaba siendo guiada al exterior del local, sin ser en realidad demasiado consciente de qué pasaba. Una vez fuera, el aire frío la terminó de despertar y vio cómo el hombre misterioso la miraba preocupado.

– ¿Está bien?

Ella asintió con la cabeza, aunque no demasiado convencida. Se sintió mareada y, por un momento, sintió que perdía las fuerzas. Rápidamente él la cogió y sujetó fuertemente su débil cuerpo que aún temblaba. Él permaneció allí quieto y paciente hasta que Raquel se hubo recuperado un poco. Su rostro mostraba ternura y ella se abrazó con fuerza.

– Gracias – dijo finalmente.

Él negó con la cabeza, como si no las mereciera, y aguardó todavía un poco.

Raquel lo observó detenidamente. Hasta entonces no había prestado atención a la cara de su salvador. Era pálido, de facciones bastante marcadas y muy agradables. Tenía los labios finos y la nariz recta. Sus ojos, de un brillante color gris, transmitían fuerza y vigor, pero también algo oscuro y amargo. Algunos mechones de su pelo negro le caían sobre la frente marcando un fuerte contraste con su blanca piel. Era muy guapo y mucho más joven de lo que se había creído en un principio, pero aunque ahora que lo veía con claridad, no dejaba de tener ese aire siniestro. Un escalofrío recorrió la espalda de Raquel. Pero no era miedo lo que sintió. Estaba a gusto con aquel hombre. Aunque no tenía ni idea de quién era, se sentía segura y tranquila con él.

– Me llamo Raquel – susurró.

Él bajó lentamente la mirada hacia ella.

– Vincent.

Ella lo miró fijamente.

– Gracias, Vincent.

Él no respondió. Tan solo la miraba. Raquel se alzó de puntillas y le besó. Aquello sorprendió claramente al joven, quien, no obstante, le respondió enseguida con otro beso, tras lo cual continuaron abrazados un rato más.

– Te llevaré a casa – dijo al fin él.

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