Capítulo segundo

– ¿Así que hace poco que vives aquí?

Había ido al trabajo a esperarla otra vez. Ya llevaban viéndose varias semanas. Al principio le daba la sensación de que pretendía protegerla, por si volvía a pasar alguna vez algo tan desagradable como la noche en que se conocieron. Pero después de todas aquellas noches en que la acompañaba a casa después del trabajo, parecía que se habían hecho amigos. No importaba cuán tarde fuera: él la esperaba pacientemente mientras se tomaba un vaso de whiskey seco, sin hielo ni agua. A Rafa le ponía un poco de los nervios, pero no objetaba nada. Y a ella le reconfortaba tenerlo cerca.

– Sí.

Le daba la sensación de que era muy tímido. Apenas hablaba, y mucho menos de sí mismo. Pero a ella no le importaba. Le gustaba estar con él.

– A mí me encanta esta ciudad. Y no porque sea la ciudad donde vivo. Es que realmente es bonita y tiene muchas cosas buenas. Seguro que te acabará gustando.

– Ya me gusta.

Raquel creyó percibir un atisbo de sonrisa en su cara. No sonreía mucho, pero su mirada se dulcificaba cuando estaban juntos.

– ¿Y has viajado mucho?

– Sí.

– ¿Cuánto es mucho?

– Mucho.

Le hacía gracia ese misterio con que decía las cosas. Siempre la mínima información de sí mismo. No llegaba a entenderlo.

– ¿Y cómo es que has viajado tanto?

– Trabajo.

– ¡Vaya! Qué envidia. A mí me encantaría viajar. Solo he hecho viajes pequeños. No es que disponga de mucho dinero… Mi novio dice que cuando nos casemos tenemos que ir a Roma de luna de miel, que es precioso. Yo siempre he querido ir a Italia. Es un encanto…

– ¿Tu novio?

– Sí, David… ¿Tú has estado en Roma? – Vincent hizo un leve gesto en señal de afirmación, pero no dijo nada. – Claro, trabajo ¿no? Supongo que si tu trabajo te lo impone, los sitios que visitas tienen otro encanto. ¿Has viajado por toda Italia?

– No toda.

– Yo estudiaba filología italiana ¿sabes? Me encantaba. Me encanta leer. Quizá más adelante retome los estudios… ¿Y América? ¿Has estado en América?

De nuevo asintió con la cabeza sin dar más explicaciones.

– América no me llama tanto, pero no me importaría ir algún día. Creo que me gustaría ver Nueva York. Lo malo es que todo el mundo quiere ir a Nueva York… y yo no quiero ser como todo el mundo ¿sabes?

Él escuchaba en silencio con aquel amago de sonrisa.

– ¿A qué te dedicas, por cierto? Nunca me lo has dicho.

Vincent tardó unos segundos en contestar.

– Es complicado.

– ¿Cómo de complicado? ¿Es un oficio complicado o tienes varios trabajos? No, no creo que sean varios. Quizá ejecutivo… esos viajan mucho… Pero no tienes pinta de ejecutivo.

– ¿Ah, no?

– No. Intimidarías a los empresarios. Demasiado serio.

Vincent sonrió. Una sonrisa completa. No solía verla, lo cual era una lástima, porque era preciosa.

– En serio ¿de qué trabajas que conlleva viajar tanto?

– Nada interesante – respondió. Aquella vez el tono sonó algo seco. Pero ella no se desanimó. Había dicho que era complicado…

– ¿Tal vez ingeniero? Uno de esos muy buenos… como los que son peritos de seguros o algo así ¿eso es un oficio o me lo acabo de inventar?

– No sé – dijo él distraído.

– ¡Se me acaba de ocurrir que tal vez eres piloto de avión! Eso explicaría que viajes mucho.

– No soy piloto de avión… Es complicado Raquel, déjalo.

Su rostro se mostraba ahora serio y la voz había sido tajante. Raquel comprendió que era mejor cambiar de tema

– Perdona, te he molestado. ¿Lo he hecho? Ya sé que hablo mucho. Dime ¿te he molestado?

Él se paró y la miró fijamente. En su mirada misteriosa había tal vez un atisbo de tristeza, pero también de pasión reprimida.

– Claro que no. Tú no molestas… nunca.

Ella sonrió encantada. No era algo especialmente bonito, pero le había sonado como lo más precioso que le habían dicho nunca. Y había salido de su boca. Vincent le gustaba mucho. Aunque fuera tan reservado y misterioso. No sabía nada de él, no hablaba casi, ni sonreía apenas, y tan solo sabía su nombre: Vincent. Ningún apellido que lo siguiera; ni su trabajo o sus motivaciones… ¿Pero acaso todo eso era necesario?

Por otra parte, siempre tenía la duda de qué pasaba por aquella cabeza impertérrita. Entonces pensó en David, en qué pensaría si los veía pasear a aquellas horas de la noche solos. ¿Pero por qué tenía que pensar algo? David no tenía que pensar nada, solo era un amigo que la acompañaba a casa después del trabajo.

Se adelantó unos pasos y miró fijamente el cielo, apenas estrellado por la polución, pero especialmente precioso aquella noche. La luna, grande y llena, tan blanca como él, coronaba el firmamento. ¿Por qué no se había callado antes? El silencio era mágico. Notó detrás de ella la presencia de su amigo misterioso y se giró para mirarlo. La observaba callado. Siempre tan comedido. Ninguna palabra, ninguna muestra de sentimiento. En aquel momento ella sintió la necesidad de tocarlo. No sabía por qué, pero le atraía profundamente. Acercó la mano a su cara y acarició suavemente su mejilla.

– Estás helado.

Él levantó la mano lentamente y acarició también la suya.

– Y tú.

Ella estaba magnetizada con su mirada y logró susurrar:

– Es que hace frío.

Él se acercó un poco más a ella y se miraron fijamente todavía un rato.

– Cierto.

Y entonces se besaron.

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