Capítulo tercero

– Me ha pedido que me case con él.

Vincent no respondió de inmediato.

– ¿David?

Ella asintió. Hubo silencio por un momento y después él sentenció:

– Es un buen hombre. Te hará feliz.

Raquel se sintió contrariada. No era esa la respuesta que esperaba, ni mucho menos. Por otra parte, debía estar alegre de que su novio le hubiese pedido matrimonio, pero no lo estaba.

– Esto es un adiós, supongo – dijo él.

– ¿Qué? No tiene por qué. – Ella lo miraba triste y anhelante. – Vincent…

Él estaba serio. No sabía muy bien cómo interpretarlo, pero Raquel se negaba a creer que aquello se iba a acabar de una forma tan brusca. Se acercó a él buscando resguardarse en aquel pecho protector y Vincent no se lo negó, pero seguía adusto.

– Es mejor así. Tú le quieres y él a ti.

– Pero…

Él la rodeó con sus brazos inesperadamente y la hizo callar. Tenía el extraño poder de calmarla; no obstante, aquella vez no lo consiguió del todo. Al fin y al cabo, aquello suponía una despedida. Aunque Raquel no entendía la razón. Estaba segura de que él sentía por ella algo más fuerte que la amistad. Pero era siempre tan misterioso… Después de haberlo tratado por meses, seguía tan reservado. Era tierno y agradable, eso era indudable, pero a la vez seco y ausente. Entonces él se separó de ella y comenzó a alejarse. Por las mejillas de Raquel comenzaron a descender las lágrimas que emergían de lo más profundo de su ser. Aquel hombre tan anómalo y circunspecto había despertado en ella el amor y la tristeza a partes iguales.

– Nunca me has dicho a qué te dedicas.

“Es complicado”, le diría. Siempre le decía lo mismo. Podía oírlo incluso antes de que lo dijera, pero quería saber algo más de él. Este se detuvo y sin mirar hacia atrás, respondió:

– Soy un asesino.

El tiempo se paró, todo era irreal. Ni el mundo físico, ni nada era verosímil ya. Aquello había sido una mala jugada de su mente, sin duda. Tenía que serlo porque no podía creerlo. Y es que era imposible.

– ¿A… sesino?

– Mato gente por dinero.

Aquella aclaración innecesaria terminó de corroborar lo que se negaba a creer. En ningún momento él había vuelto a mirarla y Raquel cayó al suelo sobre sus rodillas, derrumbándose, igual que todo su mundo.

– No soy buena persona. No te convengo.

Raquel se quedó sin palabras. Estaba en trance. No podía asimilar aquella revelación. No podía ser que el hombre al que amaba fuera… porque él era bueno. Amaba a aquel hombre porque era bueno con ella. Y ahora ese hombre al que amaba se escapaba de su vida y le decía que era un… ¿Que mataba gente por dinero? Sin embargo, él no era mala persona como intentaba hacerle creer… ¿por qué lo quería, si no? La había salvado.

Vincent reanudó la marcha y se alejó cada vez más. De repente, ella consiguió articular palabras y con la voz ahogada por las lágrimas gritó:

– ¡Aunque fuera verdad… no me importa! ¡No me importa! ¿Me oyes?

Pero era inútil. Él estaba resuelto a irse. Vincent bajó la cabeza mientras se alejaba más y más, procurando no mirar atrás, y dejando escapar las lágrimas que brotaban de su corazón y le quemaban la cara.

– ¡Vincent! ¡Vincent!

Raquel llamaba inútilmente y lloraba desconsolada: iba a casarse, pero el hombre al que amaba se alejaba de ella para siempre.

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