Capítulo cuarto

Ya había anochecido. Llovía y el ambiente estaba muy cargado por la humedad. La calle estaba desierta y el hombre caminaba parsimoniosamente sin rumbo aparente. Vincent andaba por inercia, sin mirar a dónde iba, con la vista fija en el suelo. A pesar de llevar paraguas, lo mantenía cerrado en la mano derecha, de modo que se mojaba sin remedio. En la mano izquierda portaba un maletín oscuro que armonizaba con el resto de su indumentaria. Estaba empapado y varios mechones de su negro pelo se le habían pegado a la frente, tapando parcialmente su rostro. Parecía totalmente ajeno a su entorno. Ni siquiera prestó atención cuando un hombre apareció de repente y se interpuso en su camino. Vincet chocó con él al intentar pasar, y el hombre le dio un empujón y sacó una navaja que produjo un fugaz destello de luz. Vincent ni se inmutó. Seguía con la vista fija en el suelo, ausente, perdido en sus cavilaciones.

– ¡Eh! – farfulló su atacante – ¡dame la maleta y todo el dinero que lleves!

En respuesta, Vincent intentó seguir con su camino, pero el hombre lo empujó de nuevo haciéndolo retroceder.

– ¿No me has oído, imbécil?

Ante el silencio del asaltado, el hombre alzó el cuchillo en gesto amenazador. Un ruido indeterminado sonó detrás de Vincent y el ladrón miró nervioso para ver qué ocurría. Enseguida sonrió burlón y miró de nuevo al hombre impasible.

– ¿Qué ocurre? – preguntaron detrás de Vincent.

– Nada, que este imbécil está mudo.

– Pues quítale lo que lleva y ya está.

El primer atacante se adelantó en dirección a Vincent cuando apareció un tercer hombre pequeño y armado con una vara de hierro. Este hizo una mueca desagradable que podía ser interpretada como una sonrisa.

– Juguemos antes con él.

Los tres ladrones rodearon a Vincent, el cual todavía no había abierto la boca y el primer ladrón, nervioso, gritó:

– ¡Me estoy empezando a cabrear, mudito! Danos lo que llevas o te rajo.

El segundo ladrón, un hombre muy feo y enorme, le dio un empujón a Vincent por detrás y se rió.

– ¿Por qué no le arrancamos la lengua? Total, para lo que le sirve…

– Pero míralo, ¡está cagado de miedo!

Los tres rieron a carcajada limpia y entonces Vincent alzó la vista lentamente, como si acabase de despertar de su letargo. Miró, uno a uno, a sus atacantes. Su mirada era feroz como la de un perro rabioso y los dos atacantes más pequeños retrocedieron un paso. Pero el tercero no pareció percatarse y se adelantó hacia él.

– ¿Es que no sabes habl…

No terminó la frase porque recibió un puñetazo seco en la cara que le desencajó la mandíbula y lo dejó fuera de combate. El primer atacante entonces se abalanzó sobre él para intentar vengar a su amigo, pero Vincent era más rápido y lo noqueó al punto que le asestó un paraguazo en el hígado. El tercer hombre aún no había sido capaz de reaccionar e iba a gritar en un momento dado, mas fue incapaz cuando Vincent le metió la punta del paraguas en la boca, dejándolo casi incapaz de respirar y sangrando a borbotones. Entonces Vincent, con su acostumbrada tranquilidad, abrió el maletín y sacó del interior una pistola. Tras comprobar que estaba cargada, quitó el seguro y fue hacia su primer atacante que, todavía en el suelo, observaba aterrado cómo se le acercaba. Consiguió levantarse del suelo, mas apenas hubo retrocedido un paso cuando sintió el frío cañón en la frente. Miró a su verdugo llorando de miedo e impotencia, y lo único que logró distinguir fueron dos ojos rojos llenos de odio entre la lluvia. Aquellos ojos no eran humanos, pensó. Fue lo último que pensó y también lo último que vio.

En la fría y oscura noche, bajo la pesada humedad de la lluvia, un disparo sonó amortiguado. Acto seguido, dos más y después el silencio.

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