Maldito duende

El momento en que un duende se apareció en mi habitación, entre la puerta del cuarto y la del armario pensé que nada más extraño podía ocurrir. Yo estaba tumbado en mi cama sin hacer nada y entonces el duende sonrió, con su gran boca de sapo y me dijo con extraña y melosa voz que sabía cómo ayudarme. “¿Ayudarme a qué?” pregunté. Pero el duende no dijo nada más. No volvió a abrir la boca más que para sacar de ella un gran cuchillo. Como los de los cocineros. Yo sentí que un cuchillo no era la respuesta. “Demasiado doloroso” dije automáticamente. “Además, siempre he sido un cobarde, no me gusta el dolor físico y no sería capaz de causármelo a mí mismo.” Entonces el duende hizo una inclinación a modo de reverencia y se acercó lentamente. Observé sin alterarme que me cogía el brazo, rodeándolo con sus largos y fuertes dedos – me llamó la atención la calidez de estos –, mientras con la otra mano me tocaba primero en la frente y luego en la barriga. No noté nada más que el suave golpe que me dio. En ningún momento hubo dolor físico ni nada parecido. Ni un pelo de mi cabeza se movió. No obstante, no me cupo ninguna duda al instante siguiente de que estaba muerto. Lo supe, igual que se sabe que la lluvia cae hacia abajo y que el sol se pone todos los días… y porque el dolor que llevaba tiempo arrastrando – ese otro dolor – de pronto había desaparecido también. Miré al duende aliviado y este me sonrió en respuesta a mi mirada de agradecimiento. Después de eso, aquella extraña criatura se marchó. Sin decir nada. Igual que había venido: chasqueó los dedos y al momento había desaparecido de la habitación. Miré al hueco que había estado fugazmente ocupado por él, entre la puerta del cuarto y la del armario. Miré el desorden que había en todas partes, miré por la ventana: el cielo estaba azul y despejado. Miré al techo, blanco y sereno. Me miré las manos y vi por primera vez, pasmado, que estaban rojas. Entonces volví la vista junto a mi cama y me percaté de que en el suelo, arrojado junto a la cama, había un cuchillo ensangrentado. Sonreí. El duende me había engañado.

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