Capítulo séptimo

Era una noche fría de invierno. Iban cargados con algunas bolsas. Papá había vuelto contento del trabajo y habían ido de compras y a cenar fuera para celebrar no sabía muy bien qué. Ahora volvían a casa. Ella estaba muy ocupada hojeando un libro precioso que le habían comprado, un libro con muchas láminas y una encuadernación muy bonita. Ya tan pequeña, con seis años, amaba los libros. Gracias a su madre, por supuesto, que le leía todas las noches, a veces en italiano.

Sus padres estaban haciendo planes de futuro y conversaban muy alegres, cuando, de repente, alguien apareció en medio de la noche y les cortó el paso. Papá, aunque algo asustado, no dudó en ponerse inmediatamente delante de ella y de su madre para protegerlas. El hombre que había aparecido no se mostró satisfecho con el dinero que su padre le daba y comenzó a forcejear con él. Tras una breve lucha, el ladrón sacó una pistola y apretó el gatillo, mientras sonreía de un modo cruel. Madre e hija chillaron. Su madre la sujetaba y protegía con su cuerpo, a la vez que pedía piedad por su padre entre llanto. Otro disparo sonó y papá cayó al suelo sin vida. Ella lloraba. No comprendía nada. El ladrón, ahora asesino, se adelantó y sin dudar disparó de nuevo, esta vez a mamá, quien aún la protegía valientemente. Cogiéndole todavía de la mano, ella vio cómo su madre bajaba la vista y veía la sangre manar abundantemente de su pecho. Otro disparo sonó, y ambas temblaron nuevamente sobresaltadas, pero aquella vez fue la cara del atacante la que se contrajo de dolor y sorpresa. El ladrón cayó pesadamente al suelo, a poca distancia de las dos, y ella pudo ver un agujero en la nuca del hombre que manaba el oscuro líquido. Entonces otro hombre surgió de la oscuridad. Un hombre alto y vestido de negro, que se acercó a ellas. Cuando pasó junto al asesino, disparó de nuevo, hasta cuatro veces más. Ella miró la cara del recién llegado. Era guapo, aparentaba la edad de su madre, quizá un poco más. Pero a pesar de que era guapo estaba tan serio – más serio que nadie que hubiera conocido nunca – que daba miedo. Sintió miedo. El hombre, por su parte, la ignoró y fue directo a su madre. Se agachó y la rodeó entre sus brazos. Ella lo miró y pareció reconocerlo. La vida se le escapaba, mas aún logró sonreír al recién llegado. Este susurró algo, pero ella no pudo oírlo. Su madre levantó la mano. Quería acariciar la cara del hombre, pero no acertaba. Él la ayudó con su propia mano. Se miraron mutuamente y mamá sonrió de nuevo. Después giró la vista hacia su marido, el padre de ella. Yacía sin vida a pocos metros y su madre soltó una lágrima al verlo. La última. Acto seguido expiró. El hombre que no había logrado salvarla, la estrechó en sus brazos por un rato. Finalmente se levantó y parecía que se disponía a marcharse, cuando se giró y la vio a ella allí, de pie, callada, llorando silenciosamente, y mirándole aterrada. La observó unos segundos y entonces fue directo a ella. Ella no se movió. Estaba asimilando todo lo sucedido. Era tanto que era imposible. El hombre paró a su lado y le tendió la mano. Ella lo miró atentamente de arriba abajo. Su cara, sobre todo, era lo que más miedo le daba. No podía parar de llorar, pero incomprensiblemente supo que aquel hombre no le haría daño.

Habían pasado once años de aquello. Sara comprendió al fin lo que había pasado aquella noche. Aquel hombre que había aparecido de la nada y la había salvado era Vincent. No había llegado a tiempo de salvar a su madre, aunque era lo que pretendía. ¿Por qué? Nunca había querido buscar respuestas. Pero era indudablemente extraño que hubiera estado allí en el momento preciso con un arma. Igual que aquella noche había llevado arma, esa tarde también. No había dudado en matar a aquel ladrón, ni en apretar el gatillo y herir a René. No quería buscar respuestas, pero eran demasiadas preguntas… y tampoco podía seguir evitándolas por más tiempo.

Aquella noche Vincent no volvió a casa. Ni al día siguiente. Sara intentó no preocuparse: muchas veces Vincent se iba. Desaparecía por días y decía que tenía que viajar. Viajes de trabajo, decía. Nunca le había dicho en qué trabajaba. Aquella vez se preocupó. Al fin y al cabo, el tal René había ido a buscarlo expresamente para matarlo, eso estaba claro. ¿Y si Vincent nunca volvía?

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