Final

– ¿A dónde has ido?

– A trabajar.

Ella lo miró seria. Habían pasado cinco días desde lo del parque. Vincent pasó a su lado y fue directo al lavabo. Encendió la luz y comenzó a lavarse las manos y después la cara. Sara miraba en silencio cada uno de sus movimientos “Estaba preocupada” quería decir. Pero no lo dijo. Él se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Ella lo siguió a la cocina y vio cómo sacó un tetrabrick de zumo de la nevera. Iba a beber directamente de la caja, pero al parecer lo pensó una segunda vez y sacó un vaso del armario para llenarlo después.

– ¿Lo has matado?

Él siguió llenando el vaso sin mirarla.

– ¿A quién?

La joven lo miraba fijamente sin apartar la vista ni un momento de él.

– A él. Al hombre del parque.

Vincent bebió un poco de zumo antes de responder.

– Aquel hombre.

Su mirada inexpresiva estaba fija en la pared.

– Sí, aquel hombre.

De nuevo reinó el silencio por un momento.

– ¿Y qué harás si lo hice? – preguntó finalmente.

Sara siguió mirándolo y parecía que iba a responder algo, pero en vez de eso se fue a su habitación y sacó una maleta de su armario que comenzó a llenar apresurada y violentamente. En parte prefería que no respondiera a todas las preguntas que tenía, pero no podía aguantar más.

Ahora era Vincent quien la observaba desde el umbral de la puerta. Parecía muy tranquilo, apoyado en el marco con una mano en el bolsillo y con la otra sosteniendo el vaso de zumo. No decía nada y se limitaba a ver cómo ella llenaba la maleta. Cuando estuvo casi llena, la chica se volvió enfada, con lágrimas cayendo por sus mejillas, y sus ojos rojos por el llanto se clavaron duramente en él.

– ¿A cuántos has matado ya?

Obviamente no hubo respuesta. Ni siquiera había querido preguntarlo. Había salido solo. Tenía la esperanza de que, por una vez, él fuera más comunicativo. No fue así. Entonces ella endureció el tono.

– Eres un asesino ¿verdad? – No esperó siquiera una respuesta que ya conocía. – ¿Y se puede saber qué haces ahí?

Le estaba poniendo de los nervios que estuviera allí plantado sin decir nada. Observándola. Normalmente no le molestaba su silencio. Pero en ese momento… en ese momento quería que las cosas fuesen distintas a cómo eran siempre.

– Nada.

– ¿Nada? ¡Me estás observando y ¿respondes que nada?!

– Me apetecía ponerme aquí.

Su voz, tranquila e inalterable como siempre, contrastaba enormemente con la de ella, descompuesta por la rabia. La miraba, no obstante, de modo distinto. Tenía los ojos tristes y cansados, y ella lo percibió. Pero aquello no menguó su rabia.

– ¿Te apetecía? – realmente estaba furiosa – ¿sólo se te ocurre decir eso?

Vincent no contestó, no se molestó en ello y a Sara le molestó que no lo hiciera.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué qué?

Era lo único que podía preguntar. Era un por qué global. Quería tantas explicaciones… no pudo reprimirse más y le lanzó violentamente los pantalones que tenía en la mano. Él no se apartó, sino que recibió pacientemente el impacto de estos en el pecho. Tan solo se limitó a apartar el vaso para no derramar el líquido. Aquella actitud pasiva era de lo que más la enervaba. Y es que nunca le había levantado la voz. Y ahora parecía que la mala allí era ella. Uno tras otro, fue arrojándole todo lo que encontraba al alcance: el reloj despertador, un zapato, otro, más ropa e incluso la lamparilla de noche. Y uno tras otro, él los soportó todos, exceptuando la lamparilla que esquivó sin dificultad. Cuando Sara se hubo calmado, esperó a que él dijera algo… Pero, por supuesto, él no lo hizo, así que cerró la maleta y se dirigió a la puerta pasando junto a él. Sus miradas se cruzaron, mas ninguno dijo nada.

Justo antes de abrir la puerta de la calle, Sara se detuvo y se apoyó en ella. Quería salir, iba a salir, pero no salió. Se giró y con la mirada fija en el suelo musitó.

– ¿No vas a detenerme? – no levantó la mirada. Sus ojos estaba fijos en sus negros y elegantes zapatos.

– No – respondió él.

– ¿Por qué?

– ¿Acaso tengo derecho?

– ¿Es esto lo que quieres? ¿qué me vaya?

– Claro que no. – El tono era totalmente sincero. Sara lo supo. Lo que no sabía era por qué él era así.

– No te entiendo.

Ella levantó la vista triste. Él parecía más cansado y viejo que nunca. Sus ojos grises la miraban anhelantes, y Sara vio que querían hablar, pero su boca no lo hacía.

– No puedo permitirme… – empezó a decir finalmente.

Vincent no terminó la frase y Sara no quería seguir así. Quería a aquel hombre de un modo singular. No sabía bien cómo. ¿Cómo padre? ¿Cómo hombre? La había criado casi como si fuera hija suya, había cuidado de ella todo aquel tiempo y le acababa de salvar la vida, por segunda vez. No obstante, era un asesino y no podía ignorarlo. De igual modo que no podía ignorar que en un momento indeterminado él había amado a su madre, pues aunque nunca lo había dicho, ahora creía poder interpretar lo que había pasado aquella noche fría… Tampoco podía ignorar que podría haber sido su padre y, por encima de todo, no podía seguir ignorando que era un asesino. Abrir la puerta le dolía, alejarse le dolía, pero escucharlo también. Con lágrimas en los ojos atravesó el umbral y ni siquiera se giró para despedirse, pues sabía que si lo miraba una vez más no sería capaz de dejarlo.

2 comentarios sobre “Final

  1. jo… es tan bonita como trágica y triste. Se nota que te gustan las historias dramáticas (a mí también). Digo dramáticas por llamarlas de alguna forma, porque no sé cómo decir exactamente.

    Falta el capítulo quinto… no sé si falta de verdad, o es un error en los títulos, pero sea como sea, se comprende la historia perfectamente y…me gusta. En el primer capítulo pensaba que iba a ser un vampiro, era el típico principio de historias de vampiros pero no, y así me gusta mucho más

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  2. no, no, vampiros caca… con excepciones, claro, pero no XD

    ya, tengo una gran debilidad por los finales tristes… que son los más realistas y emotivos, la verdad. soy muy romántica para eso 😉

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