LEA

‘Deja la maldita pistolita ya’.

Llevaba días sin salir de casa yendo de acá para allá jugueteando con la pistola de su abuelo. No era una pistola normal y corriente, no moderna, al menos. Era una pistola de percusión, como solía recodarme Lea cada vez que yo le llamaba la atención sobre su manía de andar de acá para allá con el arma en la mano. Manía que me ponía de los nervios.
‘Es una pistola de percusión, y data del siglo XVIII’ apuntaba ella sin parar.

‘Fíjate, tenemos una antigüedad en casa y todo.’

Pero a mí me daba igual que fuera una pistola de percusión o de cuerdas, ni de qué siglo datase. A mí me enervaba que la tratase como un juguete, paseándola de acá para allá, poniendo el seguro, quitándolo y apretando el gatillo a diestro y siniestro, por mucho que Dani jurase y perjurase que estaba inutilizada. Era una pistola y como tal conllevaba la muerte.

‘Qué trágica eres’ me reprochaba ella cuando yo le destacaba aquel pequeño e insignificante detalle.

‘¿Por qué no te sientas un rato y dejas la pistolita quieta? Hace muy buen día fuera, salgamos a dar un paseo’

Pero era inútil. Hacía días que no salía, por lo menos cinco, y no parecía que las perspectivas fueran distintas. Siempre que hubiese comida en casa, Lea no sentía la necesidad de salir. Y casi siempre había porque estábamos Dani o yo que manteníamos el contacto con la vida real y provisionábamos la casa de los víveres necesarios.

Aquella tarde no me apetecía quedarme en casa discutiendo con ella. Dani estaba trabajando y no volvería hasta la hora de cenar. Quizá para entonces yo me habría desquiciado del todo por el sonidito incesante del seguro retrocediendo dos veces y el gatillo siendo presionado acto seguido, de modo que el martillo del seguro golpeaba con el tope. Clic, clic, clac. Una y otra vez. Clic, clic, clac. En la cocina, en el pasillo, en el salón, yendo y viniendo a un tranquilo e invariable paso. Clic, clic, clac.

Me fui con la excusa de comprar algo para la cena. Ella se despidió distraídamente mientras se alejaba tranquilamente, jugueteando con la pistola, por supuesto. Clic, clic, clac. Clic, clic, clac.

Llevaba cinco años viviendo con Lea. Tenía algún problemilla que llamaba Dani, pero nada que no se pudiese sobrellevar con paciencia y buen humor. Yo quería a Dani, más de lo que he querido a ningún otro hombre antes, pero tener en casa a su hermana algo autista y depresiva desde que sus padres murieran, se estaba mostrando todo un reto. Ahora ya me hablaba, me llamaba por mi nombre y me hacía caso la mayoría de las veces, sin embargo, tratar con ella era poner a prueba continuamente mis cualidades y el amor que sentía por su hermano.

Cuando regresé a casa al cabo de un par de horas descubrí aliviada que el clic, clic, clac, había cesado. Había comprado lubinas y me dirigí a la cocina de buen humor, dispuesta a cocinarlas como ella quisiera.

‘¿Te apetecen las lubinas a la sal, Lea?’ pregunté en voz alta. No hubo respuesta. Asumí que sí, porque de lo contrario se habría quejado inmediatamente, y fui directa al armario para sacar una cazuela de barro. Conforme distribuía uniformemente la sal por el fondo de la cazuela, pensé en lo silenciosa que estaba la casa. Quizá se había dormido o quizá había decidido, para variar, salir a la calle. Aquella última posibilidad no me hizo gracia, porque, aunque Lea era perfectamente capaz de andar sola por la calle sin perderse ni causar problemas, solía causarlos. Dejé el paquete de sal junto a la cazuela y la llamé. No hubo respuesta. Cuando iba a comprobar si estaba en su habitación, el teléfono sonó y contesté contrariada: era una estúpida compañía de telefonía queriendo venderme sus servicios. Colgué enseguida y continué con las lubinas.

Anochecía cuando Dani llegó y la casa estaba llena del sugerente aroma de pescado al horno. Me saludó con una de sus sonrisas cansadas y un beso rápido en los labios, y me preguntó por su hermana. La había olvidado completamente.
‘No sé. Bajé a comprar y cuando subí esto estaba tranquilo.’

‘¿Estará en la calle?’ preguntó extrañado. No lo creía, así que decidió ir a buscarla a su habitación. Debía de estar durmiendo. Mientras tanto saqué los cubiertos y los platos y me dispuse a poner la mesa. De pronto, un grito me sobresaltó de tal modo que solté el plato que tenía en las manos, calló y se rompió en pedazos al impactar contra el suelo. Asustada, corrí a ver qué pasaba. El grito había sido de Dani, sin duda. Allí estaba, en la habitación de su hermana, donde el cuerpo sin vida de la joven yacía sobre un charco de sangre. Aún sostenía la pistola en la mano. La pistola de percusión del siglo XVIII que estaba inutilizada… en teoría. Yo noté que varias lágrimas recorrían mis mejillas y sin pensar en nada más, me abalancé a abrazar a Dani que lloraba sin poder apartar la vista de ella.

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