Conexión

La boca le dolía lo que no estaba escrito. No sabía por qué había accedido a la cirugía siendo todo tan repentino e inesperado. Había sido aquel cada vez más incipiente impulso que le llevaba a hacer cosas descabelladas sin pensar. Le gustaba aquel impulso. Lo disfrutaba como un signo de su yo floreciente, un yo desconocido que siempre había estado ahí, pero adormecido, y sabía, sin embargo, que era peligroso. Ese yo sería la causa, algún día, de que acabase prematuramente muerta o algo así. El caso es que aquella vez no había sido para tanto. Pero estaba en el pasillo del ambulatorio esperando a que un médico de guardia le atendiese y le diese unas recetas con calmantes o antibióticos para paliar el dolor y la infección de su operación. El dolor se hacía cada vez mayor. El efecto de la anestesia remitía y ella empezaba a lamentar profundamente que su yo interno hubiese hablado por ella una vez más. Era tanto el dolor que un par de lágrimas silenciosas empañaron su vista. En frente de ella una madre con un bebé en brazos se paseaba yendo y viniendo por el pasillo, mientras intentaba calmar al niño que berreaba sin parar. La madre la ignoraba, igual que la joven ignoraba a la pareja. De pronto el niño, un bebé de apenas tres años, se dio cuenta de que la joven estaba llorando. Ella percibió la mirada del niño y ambos se miraron un instante en silencio. Él dejó de berrear de inmediato; ella siguió llorando en silencio. La madre se alejaba y acercaba alternativamente y el niño, callado, observaba con atención sin apartar la mirada de la joven, que esperaba la llegada del médico con un creciente flemón. Ella se sabía observada por el bebé, pero lo ignoraba, igual que ignoraba todo lo que no fuera su dolor. Las lágrimas caían sin remedio y la ansiedad y los nervios derivados de la operación, la dominaban. El bebé seguía observándola. Con su carita cada vez más apenada. El pequeño estaba triste de ver el dolor de la chica. Con el semblante lastimoso no apartaba la vista de la joven llorona. Entonces la chica lo volvió a mirar y aquella vez se fijó en la cara que el niño le dirigía yendo y viniendo sobre los brazos de su madre. Mirándole aún en silencio. Su boca creaba una curva triste casi exagerada y sus ojos negros y húmedos reflejaban la tristeza de la joven. Ella sintió entonces cierta simpatía por el crío. No le gustaban los niños, pero sabía que aquel estaba triste de verla a ella. Hizo un amago de sonrisa, pese a sus lágrimas y al dolor que seguían ahí. El bebé, al ver la sonrisa de la chica, dulcificó aún más su rostro, invirtiendo la curva de su boca en una sonrisa. Cuando la de la chica aumentó, a su vez lo hizo la del niño. Ambos rieron finalmente. El niño soltó una risa alegre de ver que la joven estaba mejor. Ella se sintió aliviada, aún sintiendo dolor todavía. En cierto modo la ayudaba saber que alguien la comprendía. Aunque ese alguien fuera un niño de menos de tres años.

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