Where is my mind?

Él me miraba fijamente y yo, que había abandonado la habitación y el mundo real durante aquellos últimos minutos, intenté averiguar por su expresión qué quería de mí. Ausente, con la capacidad de oír embotada, observé cómo movía los labios lentamente sin poder escuchar sonido alguno. Arriba y abajo iban aquellos labios que durante semanas había anhelado y mis ojos los seguían en su recorrido tratando de descifrarlo inútilmente. Sin embargo, el irregular movimiento carecía de sentido alguno. Aquel molesto estado de inopia se alargó indefinidamente y él, percatándose al fin de que era inútil todo intento de comunicación conmigo, se dio media vuelta y se alejó lentamente dirigiendome antes una última mirada de sorprendida y molesta incomprensión. Yo deseaba detenerlo, salir corriendo tras él, consciente de que tan solo gritar bastaría para que volviese… y sin embargo no podía: no era dueña de mi cuerpo, no era dueña de mi mente.

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