Amy, Amy, Amy

La vieja máquina de escribir descansa aburrida en la mesa. El escritor se sienta enfrente de la máquina, en una silla desvencijada, mientras se lía distraído un cigarro. Su mirada debería centrarse en la página que, enrollada en el rodillo, espera a que la marquen rápida y violentamente con letras y signos a los cuales van ligados curiosos y arbitrarios significados. Pero el escritor no es capaz de golpear las teclas para plasmar alguna de las maravillosas historias que siempre le vienen a la mente, sobre todo porque en ese momento no es capaz de pensar en nada más que en la mujer que se ha levantado repentinamente del sofá donde yacía y se pasea tranquila delante de él. Entre dientes, sin despegar apenas los labios que sostienen al cigarro recién terminado de liar y aún apagado, él murmura:

– Amy, Amy, Amy…

Ella sonríe coqueta, a medida que pasa lenta y graciosa como un gato, y gira levemente la cabeza conforme se aleja para dirigirle su mirada ámbar. A él, su escritor.

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