Un viaje inesperado

que diría Bilbo, o mejor aún: there and back again, que también.

Fue todo absolutamente improvisado. Un día un vasco le dijo a una valenciana de hacer un algo. La valenciana dijo vale y al poco habían liado a una murciana y una alemana para subirse al carro. Y así es como empezó el chiste que acabó en viaje.

Día 1: empieza el viaje

Nos levantamos prontito, en mi casa, con resaca de Las brujas de Zugarramurdi, que aún duró todo el viaje. Después de desayunar y de echar gasolina, ¡carretera y para el sur!

La primera parada fue en un área de servicio. Pero eso no es remarcable. Las que sí son remarcables son las que hicimos una hora después en Lake District. Dos o tres paradas hicimos en Lake district, debo decir. La primera de improviso porque vi una casica bonita que me recordó a las casonas de las familias de las protagonistas de Jane Austen. Vimos mientras pudimos, hasta donde no había que pagar. Porque esa es otra característica bilateral de los ingleses y los españoles: los ingleses se empeñan en cobrar un pastizal por visitar sus edificios antiguos y bonitos, mientras que los españoles nos negamos a pagarlos en la mayoría de los casos.

Las segundas paradas en la zona eran totalmente de rigor, una junto a un embarcadero y luego algo más adelante, bordeando el lago.

a lake from Lake District
Una de las muchos espectaculares paisajes del Lake District

Seguimos poco después, pensando en ir a otro lago, mas no tardé en volver a parar el coche esperando tomar una foto espectacular. Entonces a Gillen – el más agudo y osado de los chicos que venía – se le ocurrió la genial deducción de que si en una valla ponía “cerrar después de entrar” es que se podía entrar, únicamente había que cerrar después. Así que entramos. Es más, Susana, la murciana, entró de lleno y confiada, adelantándose al resto en aras de ver el lago desde la misma orilla – cosa que ya habíamos hecho desde el otro lado, donde habíamos estado andando antes, pero a la chiquilla le entró el antojo, vaya. – El caso es que mientras esperábamos a que Susana volviera, vi cómo un señor mayor se acercaba a nosotros con cierta lentitud y dificultad. Suponiendo lo que estaba a punto de pasar, les hice a Rut y a Gillen seña de salir y empecé a hablar con el señor, haciéndome un poco la tonta. Resulta que estábamos allanando su propiedad privada y el señor estaba bastante mosca porque ya en el pasado le habían robado varias veces. Nosotros le aseguramos que no lo habíamos hecho a malas, que solo queríamos ver las vistas, que todo era muy bonito, bla bla, bla, mientras mirábamos de reojo en dirección a la valla, esperando a que Susana regresara pronto.  Al fin lo hizo esta, y cuando la vio venir más ancha que alta, el señor empezó a tomarle el pelo sobre llamar a la policía. Pero el inglés de Susana no daba para tanto, y no hacía más que sonreír y asentir, mientras yo negaba mentalmente con resignación.

Finalmente el señor resultó un señor muy amable que, en contra de llamar a la policía, nos dejó una llave para que fuéramos a ver no sabíamos muy bien qué, bajando el caminito que salía desde su casa grande. Gillen sostenía la llave en la mano mientras andábamos y no paraba de preguntar eso para qué era. Yo, que suponía para qué pero sin estar segura, le decía que siguiera para adelante… y entonces vimos una casita antiquísima, medio derruida en la parte inferior, anegada de agua que parecía un pequeño muelle, con una escalera externa que daba acceso a una puerta cerrada en el piso superior. ¡Ah, para eso era la llave!

Miré camino arriba y vi que el señor nos observaba desde la cima, vigilante. Le pregunté si podíamos pasar, a lo que él asintió. Cuando pasamos, nos encontramos con una habitación llena de herramientas y maderas y en el fondo de la habitación una puerta que daba a un balcón que se cernía en pos del lago. Digo tal porque verdaderamente el balcón estaba sobre el lago y – digo más – parecía que se fuera a desplomar de un momento a otro. Pero no lo hizo y nos dio tiempo a maravillarnos y hacernos un montón de fotos, preciosas por supuesto.

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La casita en el lago
La casita en el lago

Al salir de la casita, el señor todavía nos aguardaba. Subimos el caminito hasta donde estaba él y le empecé a hacer preguntas cordiales sobre la casita y sobre cuánto tiempo llevaba viviendo junto al lago. 37 años dijo. La casita tenía unos 350. Casi nada. Pero ya no podía usarla porque cada año el nivel del lago subía e inundaba la parte de abajo y sacaba las puertas de quicio y él tenía que reponerlas, año tras año, hasta que cierto año se había cansado y había dejado que las puertas se pudrieran a la vera del camino. Además, el riesgo de derrumbamiento ahora era grande y él estaba mayor. Pero sus hijos la habían usado durante mucho tiempo para recreo. Me imagino que sería un sitio espectacular donde veranear o pasar buenos fines de semana. Luego el señor nos hizo recolocar el patinete que se le había descuadrado del camino, para poder sacarlo de allí él solo. Trabajo fácil entre cuatro jóvenes – uno de ellos un vasco.

Continuamos con el coche, pero no por mucho tiempo, porque al poco vimos un parking enorme con un montón de coches. Supusimos que se trataba del acceso a las cascadas de las que había hablado el señor. Aparqué, por supuesto, y nos fuimos a dar un paseo por el camino delimitado. Parecía muy corto, pero una vez se pasaba la primera cascada, empezaba un paraje realmente precioso y al parecer inabarcable.

Cascada en el Lake District
Cascada en el Lake District
Paraje de hadas invadido por humanos molestos
Paraje de hadas invadido por humanos molestos

Continuamos un rato sendero arriba, pero no tardamos en dar la vuelta porque se estaba haciendo tarde y había que continuar el viaje.

Al rato llegamos a la autopista y de allí a Lancaster no tardamos demasiado, una hora o así. Eran las 3 cuando llegamos. Aparcamos en un parking público y nos fuimos a andar por el pueblico. Bonico este, debo decir, y la explicación se halla en que de aquí eran originarios los reyes de Inglaterra, los Tudor. Paseamos algo más de una hora por allí. Lo que me supo mal es que, por culpa del tiempo, no pasamos al castillo, donde había música en directo, ya que llevaban toda la semana de festival.

Pero habíamos de seguir. Un destino más apetecible nos aguardaba. Y seguimos, al sur, a Liverpool. Llegamos allí a las 6 y pico. Aparcamos, buscamos el hotel y descargamos. El hotel estaba muy bien y bastante céntrico. Después de una agradable y fugaz cena y un té caliente, nos pusimos a buscar The Cavern para intentar pasar pagando lo mínimo posible. Antes de las 2pm es gratis. Hasta las 8pm se paga 2 libras. A partir de las 8pm, 4 libras. Locura, si se piensa que luego allí hay que tomarse algo – porque no se va a estar en un bar sin tomar algo, por favor –. Llegamos a las 7:58pm y pagamos solo 2 libras. ¡Toma ya!

Una vez dentro, todo transcurrió genial. Música, cerveza, buen rollo y todo eso. Susana y yo incluso nos animamos a bailar. Pero no fui yo, lo prometo, fue Johnny B Goode.

Después de The Carven, fuimos a dar una vuelta por el embarcadero para verlo de noche. Antes de llegar hay una estatua que parece de la reina Victoria o de Lord Voldemort – según la luz que le dé – pero que resulta que es de Elizabeth (lo que no sabría decir si la I o la II… Indiferente, la verdad). Lo menciono simplemente porque no recuerdo que me llamara la atención la vez anterior que anduve por esas tierras, pero esta sí.

Llegado ese punto, nos empezó a entrar hambre y frío de la muerte, combinación peligrosa esta si no se ataja a tiempo. Puesto que era pronto para empezar a tirarnos de los pelos, decidimos regresar al hotel y dormir un poco, que había sido un día largo, señores.

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