A estas alturas no vamos a cambiar

Mi vida parece ser una concatenación de momentos acelerados en que me percato de que algo no está bien cuando es demasiado tarde. Como cuando alguien es consciente de que está cayendo pero ya no puede recomponerse y evitar el golpe. Igual que cuando recibo un penalty por cut the track y pierdo lead sin haber siquiera conseguido los puntos de la segunda vuelta. En repetidas ocasiones. En repetidos partidos ( disculpen la referencia friki a roller derby los no entendidos, pero esto pasa en mi vida mucho últimamente y me frustra de modo directamente proporcional). O  como cuando me percato de que ponerme el tinte sin guantes no era una buena idea, pero llego a esa conclusión una vez que mis manos están manchadas a rodales sin remedio y por más que frote y frote, me va a tocar ir a trabajar con esas manos ahumadas o embarradas, que dan aspecto de guarra.

Supongo que de una manera superficial, esa concatenación de momentos que acaban mal son reflejo de mi yo más interno, de mi manera de ser. Me da por pensar que todo lo que me pasa es consecuencia directa de esto y del cacao que llevo siempre en mi mente, que no es la más lúcida, pero ahí está maquinando sin parar. No, mi mente no para, y más que andar, corre y se tropieza continuamente, porque fue como un bebé precoz e inquieto, que antes de aprender a andar bien, echó a correr. Pero al no haber desarrollado muy buen equilibrio, cuando intenta ir más rápido de lo que puede (y esto, igual que los penaltys jugando al roller derby también pasa cada vez más a menudo), se tropieza y cae y se levanta a correr de nuevo sin mirar con qué se tropezó, de modo que es probable que se vuelva a tropezar de la misma manera.

No sé, tal vez sea el fin de año que se acerca, otro año más que he vivido, otro año que me hace pensar que tal vez el próximo va a ser tan insignificante como este. No malo, ojo, pero sin mayor significado. Porque si bien esos momentos pueden ser graciosos – como la cara que pondrán mis compañeros de trabajo al verme, pues están acostumbrados a moratones y vendas y cojeos y expresiones de agotamiento, pero no a manos tintadas; o como cuando el controlador de tiempo del penalty box de turno me sonríe con complicidad o compasión o una mezcla de ambas, cada vez me ve llegar meneando la cabeza en señal de incomprensión – son momentos que dicen mucho de la dinámica de mi vida y todo apunta a que a estas alturas no vamos a cambiar.

En realidad, yo quería escribir algo gracioso y ligero, porque al verme las manos he pensado: “¡olé tú!”, pero como siempre, es un poco tarde para eso y me he dado cuenta una vez estoy acabando la entrada, que no es lo más animador que he escrito. Ea, como dicen luego, mejor pedir perdón que permiso, ¿no? Total, a estas alturas…

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