Digresiones al borde de una ventana

No me canso de esos atardeceres en llamas sobre mi ciudad adoptiva, ni de las tranquilas horas sentadas sobre el alféizar sobre el que contemplo la vida quieta, sin apenas tráfico y ruido, más allá del traqueteo acompasado y fugaz de los trenes que van de paso a otra parte, acaso en perfecta analogía con el tiempo y el atardecer que continúan el paso incansables, imparables, ajenos a los humanos, hasta que acaso estos caigan rendidos por el cansancio y pasen a ignorarlo en momentos de necesaria inconsciencia. La del jueves ha de ser mi noche favorita porque sigue la locura y el tedio de la rutina y sirve de antepuerta al ajetreo y el jolgorio del fin de semana, desde una pasividad contagiosa.
¡Hete aquí que mientras escribo estas palabras, el atardecer pasa y asoma la noche oscura y solitaria, trayendo consigo más paz si acaso! ¡Ave!

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