La amante despechada

El día que descubrí el roller derby se me antojó un día maravilloso. Había estado trabajando hasta tarde y Laura me había dicho de quedar, pues hacía mucho que no nos veíamos, pero cuando le dije hasta qué hora yo estaba liada con trabajo, me propuso ir a encontrarme con ella después de su sesión de entrenamiento. No sabía de qué era el entrenamiento, pero sabía que me apetecía verla, aunque las cosas entre nosotras podían ser potencialmente muy incómodas. También sabía que cualquier cosa era mejor que volver a casa demasiado temprano y tener que afrontar por demasiado rato las miradas y reproches de una madre cuyo corazón se había roto con cada una de las decisiones que había tomado en los últimos años.

Cuando llegué al puerto y vi a un puñado de chicas patinando sobre patines de cuatro ruedas, dándose empujones y rodando alrededor de una pista mal pintada en el suelo de cemento, me quedé atónita. ¿Qué era aquello que estaba viendo? Aquello era, ni más ni menos, roller derby, en estado puro, en estado de gestación y totalmente amateur, con chicas que sabían las reglas por haber visto incontables horas de videos y fragmentos de partidos en internet, tratando de descifrar qué estaba pasando, tratando de entender, con su inglés de instituto, qué estaban diciendo los locutores y patinadores de aquellos videos.

Después de que Laura me dejara ponerme los patines aquella noche y yo encontrara empujándome con todas aquellas desconocidas, que a pesar de ser intimidantes físicamente, también se presentaban muy simpáticas, decidí que aquello era algo que debía hacer. Me hice con un equipaje de segunda mano y acudí a los entrenamientos dos noches por semana después de trabajar por varios meses. Todavía me encontraba algo incómoda socialmente, pues siempre había sido y siempre seré, algo insegura socializando. Pero el deporte, si es que aquello podía llamarse tal, me encantaba y no tardé en pasar la prueba de habilidades mínimas y de jugar mi primer y último partido con aquel equipo. Aquel partido, con un viaje memorable y extraordinario al sur, era el antecedente a mi cambio de circunstancias y el nuevo capítulo de mi vida que comenzaba el mes siguiente.

Cuando cambié de país, busqué un equipo al que afiliarme, mas cuando lo hube encontrado, la distancia física entre el lugar de entrenamiento y mi casa, así como la distancia entre mi nivel y el de aquellas patinadoras, me disuadió de seguir adelante con aquel loco pasatiempo. Fui solo dos veces a aquellos entrenamientos en aquel gimnasio viejo y deprimente al que no regresé hasta pasados tres años, cuando de repente la llamita que había quedado en mi inconsciente, de grandes ratos de divertimento sobre ruedas, empezó a avivarse inesperadamente.

Al principio de mi reencontrada historia de amor con el roller derby, todo era precioso, por supuesto. Los entrenamientos eran intensos y agotadores, pero la adrenalina que sacaba de ellos era mucho superior a los dolores físicos y las lesiones. Al poco, sin embargo, empezó a ser evidente que no bastaba con asistir a las sesiones de entrenamiento, sino que además debía aprender las reglas del juego adecuadamente, para lo cual tenía que leer, estudiar y hacer exámenes en línea, ver vídeos y partidos en YouTube de otros equipos, revisitar los videos de nuestro propio entrenamiento para analizar qué cosas estaba haciendo bien y qué cosas había de mejorar y, por supuesto, cuidar la alimentación, así como ir al gimnasio o hacer más ejercicio fuera de los entrenamientos con el fin de mejorar mi rendimiento en el propio deporte.

En otras palabras, terminé desayunando, comiendo, cenando y respirando roller derby.

De pronto la gente empezó a decirme que jugaba mejor y me planteé tomármelo más en serio todavía e intentar entrar en el equipo A del club, que viajaba para jugar con otras ligas e incluso en torneos de ámbito internacional.

Por supuesto, para jugar, no solo está la preparación física y mental ya descritas, sino que se añaden las responsabilidades dentro del club y las expectativas a que se somete a los miembros de un club autosuficiente, un club que funciona estrictamente con las aportaciones y el trabajo de sus miembros. Entonces, a las horas de gimnasio, estudio y entrenamiento, se le añaden las horas de trabajo de comité y reuniones y tareas asignadas que contribuyen al funcionamiento del club y a la gestión de eventos.

Hablamos ya, no de un pasatiempo, sino de una forma de vida, una religión, si me apuran. Por supuesto, yo intentaba mantener un equilibrio entre mi vida personal, laboral y mis aficiones. Pero el roller derby había roto este equilibrio de manera absoluta y sin el menor escrúpulo. Si quería socializar, casi parecía inevitable tener que hacerlo con los otros miembros del club, limitándose esas oportunidades en, tal vez, ir a tomar una cerveza después del entrenamiento o quedar para ver algún partido a casa de alguna compañera de equipo. A decir verdad, no me quedaba tiempo para ver a nadie más. No me quedaba tiempo para tener pareja o para salir con nadie o simplemente para quedarme en mi sofá con una manta y la mente ausente.

A estas alturas, pensarán ustedes, seguramente cumpliría con todos los requisitos para llegar a mi ambición máxima, que era jugar con el equipo A de mi club en un torneo de ámbito internacional. Así lo pensaba yo también. Cuando hablábamos de un club tan humilde como el mío, los gastos de todas las excursiones relacionadas con el roller derby corrían a cargo de uno mismo. Muchas pretensiones y muchos deseos de jugar partidos, pero poco dinero no eran muy justos en la economía particular de los miembros individuales del equipo y a menudo resultaba discriminatorio, pero las cosas eran así y si uno quería algo, se encontraba pasando por el aro.  Así pues, corrí con todos estos gastos de buena gana, porque a estas alturas pensaba que todo iba a salir bien, que iría a aquel país europeo con un grupo de gente con el que ya me empezaba a sentir a gusto y podría hacer lo que más disfruto, todavía a día de hoy, que es estar sobre ruedas, dando empujones y yendo alrededor de una pista algo mejor delimitada que aquella en la que patiné por primera vez hace más de seis años.

Pero, ¡ah! nadie me había advertido que no se trataba solo de jugar bien, de dedicar mi vida al roller derby, de dejarme el tiempo, los dineros y todos mis esfuerzos en rendir lo mejor posible. No. Por fin descubrí de golpe, con la brusquedad de un jarro de agua fría, algo que, sin embargo, había empezado a percibir a mi alrededor aunque no lo había visto con claridad, porque siempre eran otros los que lo sufrían, de manera que quedaba lejos e irreal.

Para jugar en el equipo ansiado, no había que pagarse el billete al lugar del partido, o haber entrenado incansable, casi peligrosamente, ni haber dedicado todas aquellas horas al estudio de las reglas o el visionario de videos, o haber dedicado el tiempo estipulado a las tareas de comité, sino que se trataba, sobre todo, de tener los contactos adecuados, de hacer ciertas amistades y no otras. Se trataba, en definitiva, de hacer política.

Maldita política.

Hete aquí cómo descubría una verdad muy dolorosa:

Aquel fatídico viaje, en aquella ciudad europea, yo jugué solo un cuarto de uno de los tres partidos que mi equipo jugaba. Un cuarto de uno de los partidos. De tres partidos. Las excusas que me dieron para no sacarme más a pista fueron pobres y lamentables. Aquel fin de semana lloré por la impotencia y la frustración y me juré a mí misma que no iba a dejar que aquello me afectara. Pero era demasiado tarde.

El roller derby, que en cierto modo se había convertido en mi nueva religión, que me llamaba al centro de culto todas las semanas, varios días por semana, que dictaba el modo en que había de vivir una vida más o menos saludable para rendir mejor dentro de la pista, ese roller derby que me había dado tanto dolor y bienestar físico a la vez, se había convertido ahora en una gran causa de tristeza y ansiedad. Y rabia. Porque sentía y siento la rabia de aquel al que le han arrancado de cuajo una posesión preciada. Si bien puede ser que, en realidad, nunca había llegado a poseer aquello preciado, fuera lo que fuera. Todo porque no hice los contactos adecuados, nunca estuve del lado ganador de la balanza política, nunca me sentí inclinada a posicionarme en los conflictos internos. Ahora me hallo escaldada, sin posibilidad de jugar a un deporte absurdo (porque es absurdo, es innegable) que, sin embargo, amo.

La pena, la ansiedad y la rabia terminaron ganando la batalla. Decidí tomarme un descanso, cancelar mi afiliación con el club, darme un tiempo en que el roller derby no fuera el centro de mi vida. Ya no iba a los entrenamientos, ya no estudiaba las reglas de manera compulsiva, ya no veía partidos y videos a cada momento libre, ya no tenía cuidado de qué comía o bebía, pues el rendimiento deportivo ya no era una prioridad. Todavía iba al gimnasio, por supuesto, pero de una manera mucho más relajada. Durante ese tiempo de desconexión, los miembros del club apenas se interesaron por mí y sobre por qué había desaparecido. Supongo que suponían que estaba de viaje, pues al fin y al cabo yo había hablado de tomarme un año para viajar anteriormente.

Cada vez que entraba en la habitación de mi casa y veía el equipamiento acumulando polvo, tranquilo y paciente en su estantería, me acudía un sentimiento de nostalgia y me asaltaba el deseo de ponerme los patines y hacer cosas bonitas sobre ruedas.

El otro día fui como invitada a una de las sesiones de entrenamiento de mi antiguo club y confirmé dos cosas:

⁃           Se reafirma mi desasosiego entre el resto de gente del club. No quiero hablar con ellas, no me siento dispuesta o con la inclinación a hacer política o a reírle las gracias a las tres o cuatro perras alfa.

⁃           Todavía amo con locura estar sobre ruedas, empujarme y ser empujada y correr alrededor de esa pista precariamente marcada, encontrarme contra un muro de bloqueadoras, hacer virguerías y movimientos que solo soy capaz de hacer sobre ruedas, para sobrepasar a mis contrincantes.

Supongo que para poder plantearme seriamente regresar a ese club, solo necesito más tiempo para que se apague el resquemor de amante despechada y no permitirme volver a desarrollar expectativas más ambiciosas que las de pasar un buen rato. Tal vez en un futuro cercano encuentre otro club con el que patinar y emocionarse de nuevo. De momento, me limito a procesar lo ocurrido, que es el primer paso para afrontar los problemas o traumas a los que nos vemos sometidos.

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