La leyenda de los tres dragones

Cuenta la leyenda que tres dragones hermanos eran las divinidades asignadas por una divinidad superior e indefinida de las superficies acuosas: de los mares y océanos, de los ríos y corrientes subterráneas y las masas de agua que a veces tenían a bien juntarse con el aire y visitar de forma más dispersa e inesperada todo aquello que se extendía debajo de sus pies – hablamos, por supuesto, de las nubes y la niebla. Los tres dragones respondían a los nombres de sus medios reinantes: Mar, Río y Nube.

El primero de los tres hermanos, el mayor y que más poder tenía era Mar, pues se extendía su dominio sobre mayor superficie nunca conocida. Mar, quien era intrínsecamente bueno y tranquilo, tenía no obstante un genio considerable y desmedido que a menudo se veía puesto en evidencia, con días tempestuosos, momentos de letal naturaleza para los aterrorizados humanos que habían de buscarse el sustento y alimento surcando sus traicioneras aguas. Pero igual que había días que desaconsejaban adentrarse en su dominio, había también largos periodos de tiempo en que las criaturas o los humanos que allí vivían o buscaban sustento, podían encontrarse un lugar tranquilo, idílico y sosegado, en el cual prevalecía la calma a su genio desbocado.

El segundo de los hermanos era menor en tamaño, mas era su dominio también de digno e intrincado tamaño, para nada despreciable y buen ejemplo de un señor dominio para un señor dragón. Se adentraba Río más a menudo y de manera variante en diferentes lugares de la tierra seca, en valles colinas y montañas, altos y bajos, llegando incluso a encontrar camino en cuevas y grutas y caminos subterráneos, donde el sol no llega y se pierden los secretos. Su hermano mayor tenía a bien estimarlo pues constantemente Río visitaba y alimentaba a Mar con sus afluentes, descargas de agua y vidas que en él habitaban.

Era el último dragón de naturaleza cambiante, estado itinerante y carácter caprichoso.Nube extraía placer de molestar a sus hermanos y a las nimias criaturas que habitaban el mundo seco que a menudo cubría su dominio. Pero esta actitud juguetona y molesta no era nada que los demás no le excusaran por su estado de juventud y completa ignorancia, que algún día tal vez, esperaban, habría de pasar y quedar atrás. Sin embargo, antes de dejar que el tiempo le curara de su juventud y su osadía, Nube cometió el error de creerse mayor de lo que era y motivado por sus grandes ambiciones y su fuerza, con la distorsionada opinión de que por estar en lo alto, merecía una posición superior, se lanzó un día sobre sus dos hermanos pretendiendo usurpar sus gobiernos y reinados.

Mar, que estaba descansando después de un cambio de genio particularmente agotador y viendo que no se trataba esta tormenta de habitual arrebato por parte de su hermano, se vio sorprendido por la insolencia del menor de los dragones. Por su parte, Río, que al principio no tomaba en cuenta las tropelías y ocurrencias de su hermano pequeño, se vio también contrariado al darse cuenta de con cuanta sarna se veía atacado.

Entonces Río y Mar hubieron de reunirse para estimar cuál había de ser el plan de acción a tomar. Mar, desde su cólera y furiosa perspectiva defendía que Nube había de pagar las consecuencias últimas de la traición. Río, más sereno y dado a tomar diferentes caminos para llegar al mismo sitio, coincidió en que hacía falta un castigo contundente, mas sin acabar definitivamente con su pariente, pues al fin y al cabo un crimen de sangre era siempre desaconsejado y traía malos resultados.

Finalmente decidieron que el mejor de los castigos, algo que ayudaría a Nube a comprender su gran error y que le haría entender cuán ignorante se había mostrado en su proceder era privarle de su don más preciado, a saber su naturaleza cambiante. Así pues decidieron condenarlo o ir atado de un objeto físico y decadente, algo que sufriría sin clemencia los estragos del tiempo y el dolor del paso de las estaciones.

Mar y Río se presentaron en batalla contra su pretencioso hermano y por medio de un encantamiento, Nube fue atrapado y transformado en barco, un barco que sin tripulación zarpa, un barco que avanza sin llegar a ningún puerto. Está desde entonces y para siempre condenando a seguir navegando el navío, a surcar los mares de ira y cólera visceral de los dragones hermanos a los que tuvo la osadía de retar. No hay protesta, no hay plegaria que apacigüe la tempestad del Mar ni que convenza al Río de que le deje escapar.

Está condenado el navío a surcar los mares de ira y cólera visceral de los dragones hermanos a los que tuvo la osadía de retar

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