La llamada

El cielo se presentaba como una masa indefinida de varios colores que lo cubría todo. De suaves naranjas y blancos, con un reinante gris y continuadas formas sinuosas que parecían montañas desplazadas, montañas flotantes, como las que a veces soñaba con escalar.

Yo me encontraba admirando el fantástico cielo desde la ventana de la cocina de mi vecino. Habíamos pasado las últimas noches juntos y él se había ido a trabajar dejándome sola, dejando que me despejase con calma y regresara a mi piso cuando me diera la gana.

Podría haberme ido directamente nada más despertarme, pero últimamente la pereza me ganaba cada partida, de manera que allí seguía yo, junto a la pila y la ventana, sujetando una taza humeante de café, que tomaba sin ninguna prisa, mientras pensaba qué haría con mi mañana.

Entonces tuve la sensación de que había un número limitado de veces en que podía postergar las obligaciones o las respuestas a preguntas tan amplias y complejas como aquella famosa de ¿Qué iba a hacer con mi vida? Entonces sentí como una llamada del cielo, del mundo, dándome la respuesta, por indefinida que pareciera, que me decía que debía seguir adelante, que el vecino no era la respuesta, como tampoco lo eran las mañanas perezosas observando las nubes.

Me sabía mal por el vecino, porque era dulce y generoso y me hacía reír, pero también entendía que hasta ahora había vivido en una sala de espera hasta que mi nombre fuera llamado para pasar a la siguiente sala.

Entendiendo de repente lo que debía hacer, vertí el resto del café en la pila y lavé rápidamente la taza, dejándola sobre el escurreplatos para que se secara – el vecino siempre secaba con un trapo la vajilla y los cubiertos y los guardaba inmediatamente, pero yo era más de la tribu de dejarlos secarse solos y solo entonces guardarlos.

Tras esto, fui a recoger todas mis cosas, asegurándome de no dejar nada allí y regresé a mi piso, que estaba dos alturas más abajo. Fui directa a la cocina para prepararme otro café y mientras aguardaba a que la tetera eléctrica calentara el agua, miré por mi ventana con cierta decepción, mi vista no era tan mágica como lo era desde dos alturas más arriba.

Equipada con el nuevo café, di un rápido barrido a las distintas habitaciones de mi apartamento: mi dormitorio, el comedor y sala de estar estaban bastante ordenados para mis estándares. Dilucidando muy rápidamente qué era lo imprescindible, decidí que solo necesitaba mis pasaporte, dinero, el móvil, los auriculares y todos los cables de turno, una mochila con dos o tres mudas y mis zapatos de andar.

Entonces, de camino a la estación de autobuses llamé a María, quien era una de mis pocas amigas verdaderas, para preguntarle si podía hacerme el favor de visitar el piso de vez en cuando, incluso, quién sabe, alquilarlo. Podía quedarse con las ganancias que hiciera, una vez cubiertos los gastos. Totalmente perpleja y tras mucho debatir, terminó accediendo al trato, no sin antes exigirme una explicación.

– No sé si es una explicación que te satisfará, le dije, algo insegura de cómo verbalizarlo.

– A ver, me retó. 

– Tal vez nunca regrese.

– ¿Qué?

 Su tono de voz, que hasta entonces había mostrado sorpresa por la noticia y exasperación y hastío por el encargo, ahora mostraba inquietud por mi última aseveración. Yo era bastante buena interpretando sus distintos tonos y a veces cuando quedábamos en persona y no teníamos mucho que decirnos, yo me entretenía analizando la cadencia y los tonos de su voz.

– No sé, tal vez sí. Pero tal vez me eleve como el humo de una chimenea, regular y constante, hacia un cielo en el cual me disipe y desaparezca para siempre, hacia la invisibilidad última.

– Joder, me estás asustando – admitió tras oír esto último. No me extrañaba. Debía de haber sonado como una loca o como una suicida que va de camino al hoyo que acaba de cavar para sí mismo.

– No, no te asustes – la tranquilicé – No me hagas caso. Baste decir, porque es como es, que he sentido una llamada.

– ¿Una llamada de qué? ¿Qué narices me estás contando?

– Una llamada, de esas en sentido espiritual, si bien no podría describirlo, y desde luego no ha sido como una voz que me ha hablado desde la lejanía o desde el interior de mi mente. Pero era una llamada. De repente he sabido lo que tenía que hacer. Y lo que tengo que hacer es irme.

– ¿Pero a dónde vas?

No lo sabía muy bien. Cuando llegara a la estación de autobuses, cogería el primer bus que hubiera hacia el sur y mi plan era seguir yendo hacia el sur, hasta que de repente, otra idea me asaltara. No tenía ningún sentido, yo lo sabía perfectamente, pero también sabía que era eso lo que debía hacer y, dado que era la mejor y más clara que había tenido nunca, había de seguir adelante con ella. Siempre adelante.

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