El flan

Después de un primero lleno de quejas y un segundo lleno de pataletas, Martirio se levantó para retirar los platos a la cocina, más por alejarse de la madre un momento, que por limpiar la mesa.

En la cocina, se tomó unos segundos para respirar, para descansar de las pullas e imprecaciones, de la lucha constante: una pelea para que se levantase por las mañanas, otra para lavarla, para que comiera, para que se fuera a la cama por las noches… Martirio necesitaba respirar, sí, aunque fuera un momento, si bien era difícil en aquella casa donde la oscuridad, la suciedad, la falta de aire renovado por la manía de la madre de no permitir abrir nunca una ventana, cargaban el ambiente y lo hacía harto opresor.

De pronto una sombra se movió fugaz sobre el hombro de Martirio y aterrizando a su lado, sobresaltándola mucho. ¡La gata! Eso, para colmo, la gata. La estúpida gata que iba a sus anchas como la reina que pasea por sus dominios, desafiante y arisca, siempre dispuesta a atacar a cualquiera que se cruzara en su real presencia. Martirios tenía varias cicatrices en los pies y las piernas fruto de los arañazos que la malcriada gata le proporcionaba injustificadamente, más allá de su real gana. Y si Martirio quería defenderse, darle una patada, encerrarla en una habitación mientras ella tuviera la desgracia de estar en la casa, entonces los ataques que recibía la mujer no eran físicos, sino psicológicos, provenientes de su madre. La madre trataba a la gata notablemente mejor que a la hija. La quería más y lo demostraba continuamente dirigiendo palabras dulces y cariñosas a la primera, cuchilladas rencorosas a la segunda… Pero, ¿rencorosas por qué? Martirio ya casi no se lo preguntaba. Suponía que era cosa de la vejez, sin más. Quizá también envidia de la juventud.

Cuando volvió al comedor portando dos flanes para el postre, le tendió uno a su madre y la instó a que se lo comiera. Entonces la madre, que de normal habría empezado a protestar y a exagerar cuánto había comido para justificar que estaba llena o que querían ponerla gorda como una vaca, miró tranquilamente el flan y, sin terciar palabra, metió sus dedos rechonchos en la boca, lo cuales a su vez, sacaron la dentadura postiza de la boca con gran rapidez y habilidad y la depositaron en un vaso medio lleno de agua que había frente a la mujer.

Martirio, más perpleja que asqueada, miró a la madre esperando una explicación. No obstante, la madre ya había apartado la mirada y dirigía la vista concentrada a la televisión, como si los anuncios fuesen de gran interés.

‘Mamá, ¿qué pasa?’

La madre un tardó en contestar y cuando lo hizo seguía con la vista fija en la pantalla. ‘No puedo comerme el flan’, respondió al cabo, con la característica modulación de una persona que no tiene dientes. Conforme decía esto, se recostaba en su asiento con aire triunfal ante su genial ocurrencia.

Cuando Martirio comprendió al fin lo que acababa de pasar, estalló en una carcajada sonora y descontrolada. Pero lo más gracioso era que cuanto más y más reía Martirio, más y más se fruncía el ceño de la madre en una mueca de obvia incomprensión.

Pasó un minuto así: la una riendo descontroladamente, la otra en silencio contrariada, hasta que finalmente Martirio se serenó lo suficiente para decir: ‘¡Ponte la dentadura y cómete el flan, anda!’

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