Diario de una escritora en pijama – 9

La posibilidad de rendirme no era una opción y por eso seguía adelante en un enconado intento de llegar a la meta, de atravesar esa línea fina y roja que marcaba el ansiado fin de la carrera. Llevaba numerosas horas corriendo, cinco o seis, tiempo que no era particularmente encomendable, y sin embargo, para mí el hecho de ver la línea era tan extraordinario como si la hubiera visto hacía dos horas. Tanto era así que no prestaba atención al tiempo tan malo que había hecho, a la poca gente que quedaba a mi alrededor, a los períodos que había tenido que andar por el cansancio, ni a los calambres que me asediaban las piernas desde las mismas plantas de los pies cada vez que estas hacían contacto con el firme de la carretera y que habían hecho muy difícil la última hora. Estaba a quinientos metros, menos con cada uno de esos dolorosos pasos que dolían un poco más y menos a la vez, ya veía la línea cada vez más cercana, estaba llegando, yo, que todo el ejercicio que hacía de normal era ir de una habitación a otra de la casa, dependiendo de las tareas y necesidades que debiera atender. Lo cierto es que nunca en la vida habría creído posible completar una maratón y allí estaba, a escasos de metros de la línea de llegada. Y de repente, un sonido ensordecedor, como un rugido grave y profundo que venía de la tierra y que se percibía no solo con los oídos sino con todo el cuerpo, de muy profundo que era, seguido de un temblor me desestabilizó: el orgullo que había estado sintiendo segundos antes dio paso al miedo y noté cómo las piernas no me aguataban, no ya por los calambres o el cansancio, sino porque una grieta enorme se estaba abriendo en el suelo, y la superficie sobre la cual estaba yo daba paso a un agujero inmenso y oscuro, de una negritud pavorosa, que me atrapó sin remedio en una caída sin fin. Entonces me desperté, sudorosa y desorientada.

No he escatimado detalles al describirla, porque esta pesadilla es la más vívida que yo recuerde haber tenido y aunque a veces me acuerdo de los sueños y mis sueños no son muy alegres y coloridos en general, este fue increíblemente real y las sensaciones que me causaron aún me han durado mucho rato después de despertarme. Qué locura.

No sé si creo eso de que los sueños tienen significados, pero si tuvieran, este sueño o pesadilla o película que me monté anoche es para pararse a analizar un poquito. O sea, sí creo que los sueños tengan significados, en tanto en cuanto hablan de lo que pasa en tu inconsciente o subconsciente, pero no creo que tengan un significado premonitorio ni que vayan a cambiar el rumbo de mi vida. Ahora bien, ¿tal vez es una metáfora de cómo me siento yo, de mi estado anímico y, por lo tanto, mis capacidades para hacer algo con mi vida?

Tal vez es una metáfora de la vida en general: esta es como una maratón que cuesta dolor y esfuerzo hacer, pero cuando parece que estás consiguiendo algo o llegando a algún sitio, entonces pasa algo, una gran catástrofe, y ala, toda la carrera a la mierda, todo ese esfuerzo tirado a la cadena o a un gran foso oscuro e interminable que te llevará a los confines de la Tierra donde te fundirás en algún mar de lava, si es que no te arreas una señora torta con las piedras y salientes de las paredes y te rompes la columna o la cabeza en el camino.

Estoy un poco catastófrica, negativa y pesimista. Lo sé. Tal vez debería salir de casa. La semana que viene quizá…

Algo positivo: me ha llegado hoy el nuevo pijama, me hará falta, porque ya tenía uno para lavar, y con la sudada maratónica del mal sueño he tenido que echar el que llevaba esta noche a la cesta de la colada también. Tiene piñas. No sé por qué he comprado un pijama con piñas. Tal vez es que están de moda y subconscientemente las he seleccionado porque estoy harta de ver piñas inadvertidamente por todas partes y la idea se ha metido en mi cabeza, como un Origen, como un buen ejemplo de un exitoso sistema de márketing. Tal vez no, tal vez lo he pillado porque es veraniego y me da la sensación de que tal vez confiere a mi estancia en casa un aspecto vacacional. La verdad es que me gusta, es de pantalones largos, pero como hoy hace algo de calor me he doblado los bajos de las perneras y me siento muy informal, como si hubiera ido a la playa improvisadamente y quisiera pasear por la orilla y para evitar mojarme los bajos del pantalón he recurrido a tal clásica pero desenfrenada técnica.

Curiosa cosa el subconsciente. En la carrera estudié un poco las teorías de Freud y del subconsciente y del yo y el ello y el superyo y todo eso. Por supuesto, no recuerdo apenas casi nada a parte de que todas las teorías tenían un fuerte componente sexual. Pero es interesante pensar cómo hay una parte de tu mente sobre la cual tienes poco o ningún control y cómo a veces es esa parte la que, de hecho, te controla a ti.

En fin, no me voy a dejar marear ni obsesionar con lo de la pesadilla. Seguramente era simplemente un texto expositivo en imágenes para ilustrar mi teoría sobre la naturaleza de la vida y ya está. Me voy a la ducha a mojarme los pies para seguir con la imagen de la playa en la mente, es más bonita que la del gran socavón en el suelo que me atrapa sin remedio.

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