Diario de una escritora en pijama – 10

Hoy llevo todo el día luchando con la tecnología. Ha sido una lucha a muerte entre mi portátil y yo. Ha habido sudor, lágrimas y casi, casi llega a haber cables (el equivalente de sangre de la máquina, por supuesto). Pero a última hora me he contenido de lanzar el ordenador contra la pared porque sabía que aquello no iba sino a causarme más problemas a la larga, ya que no tengo dinero para comprarme uno nuevo si asesino al que tengo…

No me considero especialmente tech savvy (o una experta en tecnología, que diría en mi bonita y castiza lengua nativa, pero la verdad es que esta expresión en concreto me suena mejor en inglés), pero tampoco soy inútil nivel abuela. Tenía que hacer una gestión oficial y entre lo difícil que son de navegar las páginas de organismos oficiales y que el teclado de mi portátil en un momento determinado se ha rebelado y ha decidido hacer huelga, me he visto abocada inevitable y eternamente en una espiral desquiciante de la cual parecía parecía imposible salir: que si venga salir y entrar, venga apagar y encender, ahora a probar diferentes opciones en un orden y después en otro distinto, y mil historias más, todas igual de inútiles y desesperantes.

Al final, totalmente irritada y despechada por el mal servicio que me estaba haciendo una máquina que se suponía que tenía que hacerme la vida más fácil, he decidido dejarlo estar y servirme un gintonic bien cargado de ginebra. Y no es que me guste demasiado la ginebra, pero estos días pasados me he agotado todo el alcohol que me gustaba y solo quedaba la media botella de ginebra que quedó de aquella fiesta que hice en Navidad. Y bueno, ahora me noto más tranquila, relajada e incluso positiva. Aun así he pensado que escribir todos estos infortunios tecnológicos lo mismo ayudaba a culminar la catarsis. También ir en ropa interior por casa me hace sentirme bien. Hoy ni ropa de calle ni pijama. A lo Cristina Yang por la casa que voy. Ay, qué ilusión, conforme lo pienso me pongo más contenta, ¡quién pudiera ser Cristina Yang o, en su defecto, como ella!

Ahora miro el líquido incoloro que empieza a rozar la base de mi vaso (porque, por supuesto no tengo copas de balón ni nada que sea medianamente pijo así) y pienso que aunque no me guste el gintonic, tiene un puntito interesante. Voy a la cocina, luego si eso sigo escribiendo.

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