Diario de una escritora en pijama – 11

Hoy he salido a la calle y en qué mala hora…

Esta mañana me desperté algo más tarde de lo habitual y me dolía un poco la cabeza, así que pensé que seguramente me iría bien salir y que me diera un poco de aire fresco. La primera opción fue abrir la ventana y asomarme, pero la verdad es que no corría mucho aire, así que me hice el ánimo y fui al armario a por un chándal, que es lo más cercano a un pijama que se puede llevar por la calle sin ser choni. Era uno de esos chándales añejos que tenía desde la primera adolescencia, esa clase de chándales no deberían usarse más que para estar por casa, pero que precisamente por lo gastados y feíllos que están, son los mejores, los más cómodos. Que bueno, yo nunca he sido una dedicada seguidora de la moda así que me daba bastante igual llevar un aspecto un poco zarrapastroso. Además, me iba a poner el abrigo encima, o sea que tampoco importaba tanto la indumentaria de abajo.

Además de para que me diera el aire, quería salir para ver cómo está el panorama por mi barrio – ¿hay gente por la calle? ¿están las tiendas abiertas? ¿Y los bares? – pues no tengo ni idea, ya que las ventanas de mi casa dan todas a un patio interno que hay en el edificio y estoy como en una cápsula del tiempo y del espacio, donde no parece que pase nada nunca. Excepto cuando el crío adolescente del tercero y sus amigos se meten ahí a hacer botellón y arman algo de escándalo. Pero hace tiempo que no lo hacen porque la última vez lo armaron demasiado fuerte y varios vecinos se asomaron a increparlos y echarlos, amenazando con llamar a la policía. Los chavales aún resistieron un rato, pero finalmente quedó claro que no eran adolescentes tan desagradables después de todo, ya que se fueron sin que el incidente trascendiera a cristales rotos y contenedores quemados.

A no ser que sea en el campo, andar por andar me inquieta mucho, así que para tener una especie de meta, me había propuesto ir al supermercado. Al Lidl, que está un poco más lejos de mi casa comparado con otros y siento predilección hacia parte de su género. Ahora bien, yo hace meses que compro en línea, con lo que eso de comprar en persona no lo tenía claro: o sea, no me apetecía llevarme el carrito de la compra e ir en plan abuela, pero ya que iba al súper, algo compraría, porque ir para nada es tontería, que decía aquel. Así que decidí cogerme una mochila. Hasta ahí todo bien.

Sin embargo fue salir de casa, andar dos calles y empezar a llover como si no hubiera mañana, como si esto fuera el Diluvio universal y yo estuviera destinada a morir como una vulgar pecadora. Me dije que si llovía tanto, lo mismo era una trompa de agua, de esas muy intensas, pero también muy fugaces, así que para adelante, que ya pararía y enseguida me secaría y todos tan felices. Pero no. Era tan intensa la lluvia que finalmente vi necesario buscar cobijo bajo la repisa de un patio. Porque claro, la mayoría de los edificios del barrio no tienen balcones, de modo que los patios son la única cosa aparte de las marquesinas de bus que ofrecen algo de techo y, obviamente, todo el mundo pensó como yo. ¿Qué pasaba? Que yo quería arrimarme y aprovechar un poco el escaso techado pero no quería acercarme a la gente. Por más que yo llevara mi mascarilla, nadie más por mi barrio parece inclinado a hacerlo y, por supuesto, en el reducido espacio de un portal de edificio, lo del distanciamiento era descaradamente imposible.

Llegados este punto me dije: “Tienes dos opciones, o apechugas y sigues para adelante o te vuelves a casa. El aire ya lo has tomado…” Pero puesto que estaba a medio camino y seguía con la ilusa idea de que tal vez dejaría de llover pronto, me respondí que tirando un poquito más, a ver si llegaba al súper o si al girar la esquina siguiente había una repisita libre para mí.

Mira que yo llevaba una chaqueta que es impermeable o eso decía la etiqueta… Que en realidad yo creo que es impermeable para unos 5 minutos y se han olvidado de poner el asterisco con la letra pequeña en la etiqueta. O tal vez le hicieron la prueba bajo chirimiri, que así ya aguantará un ratito más, supongo.

Finalmente he llegado al Lidl de las narices, más mojada que un pez en el mar y ha sido atravesar la puerta y debe de haber sido por el cambio de temperatura o ambiente o qué sé yo, que me ha dado como un ataque de estornudos y tos de esos absurdamente exagerado. De estornudar siete y ocho veces seguidas y luego la tos porque a saber qué me estaría molestando la garganta.

Mientras abría los ojos entre estornudo y estornudo, yo veía las miradas que me encajaba la gente que pasaba cerca y no podía evitar pensar que la gente estaría pensando que yo tenía el dichoso virus. Cuando por fin he conseguido calmarme un poco, que ya no estornudaba y tosía como una posesa, aún me notaba que el cuerpo me temblaba descontroladamente y me he dado cuenta de que salir había sido una pésima idea. Casi me daban ganas de volverme a mi casa corriendo, sin comprar nada ni entrar más en el súper. Que, a ver, la gente no me ha dicho nada, pero las miradas han volado y yo captaba algunas y evitaba otras.

Finalmente, para no desperdiciar la desafortunada aventura, he comprado verduras y pollo, que han llegado a casa tan mojados como yo, porque mi mochila definitivamente no es impermeable – que en esa etiqueta fueron honestos – y ahora tengo la cazuela al fuego a ver si se me hace un caldo rico. Así que aquí estoy, encantándome con el vapor y el olor que emerge del puchero, duchada, esta vez por voluntad propia y la calentita agua de mi baño, y embuchada de vuelta en mi amado pijama, completamente convencida de que va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a salir de casa otra vez.

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