Diario de una escritora en pijama – 16

Hoy he leído un artículo sobre fe y literatura del cual me ha gustado mucho la comparación que hacían entre ambas, destacando el paralelismo de que, tanto la fe como la literatura, nos exigen transportarnos a un mundo que existe a caballo entre la realidad y la ficción. Ese artículo hablaba de la vida como “la verdad” y de cómo lo que vale la pena es vivir la vida, sí, pero sobre todo contar la historia, o sea: vivir para contarlo.

¿Pero contar el qué? ¿Todo?

Porque me paro a pensar y parece que la gente, sobre todo con el tema redes sociales, cuentan cada detalle de su vida. Aunque en realidad, pensándolo mejor, son detalles muy escogidos, claro, porque hay que dar la imagen de que la vida es maravillosa, para poder crear seguidores y hundir a los demás en la envidia y la miseria.

Que vale, así respondemos rápido esa pregunta con un:

“Todo no, solo lo mejorcito de cada día”.

Pero lo mejorcito de cada día, al ser escogido, crea una imagen distorsionada de la realidad. Ficticia. Entonces realidad y ficción no se interrelacionan sino que se superponen complicando nuestra percepción de las cosas. Lo cual, supongo, se nutre de la fe: la fe que supone que los influencers y tal nos cuenten una historia y nosotros entremos al trapo de creerles.

Supongo que entonces se puede generar el problema de cómo gestionamos esa superposición que altera nuestra perpeción de la realidad. Y es que cuando lees una historia, un libro, ves una película o una serie, sabes que lo que tienes ahí delante es ficción. Incluso cuando te dicen que tal o cual historia está basada en hechos reales, siempre hay ineludiblemente partes ficcionalizadas, hay licencias creativas y, desde luego, un punto de vista modalizador, que privilegia unos hechos de la historia sobre otros. Y el caso es que tú, como lector/espectador haces un pacto con el creador de esa historia de que, el rato que estés leyendo/viendo esa obra, te vas a creer lo que te cuentan.

Pero ¿y las historias de Instagram u otras redes sociales de, por ejemplo, @supermari93 ? ¿Hasta qué punto es una narrativa elaborada? ¿Es consciente @supermari93 de que ella selecciona meticulosamente cada historia que comparte? ¿O se cree que está haciendo un broadcast de su vida real y honesto?

No existe @supermari93 (creo), pero es una idea, la idea de “voy a crear, no un personaje de mí misma, sino que voy a mostrarme a mí misma. Voy a narrar mi vida tal cual.” Pero tal vez, al narrarla, la Mari ya está inventando… O sea que ya no sería vivir para contarlo, sino contarlo para vivir. O vivir contándolo. O contarlo mientras vivo.

A ratos me planteo la idea de hacer yo eso con mi vida, lo de contarla y narrarla y compartirla con todo quisqui. Pero enseguida se me pasa la idea, porque me da pereza implementarla. Además, que dudo que lo mejorcito de mi día suscite envidias y miserías y convoque a muchos seguidores.

O sea, pensando, por ejemplo, en mi día hasta el momento:

Hoy me he levantado muy tarde, y más bien deprimilla porque el tiempo fuera es horrible.

Al ir a desayunar me he encontrado con una araña enorme campando a sus anchas por el pasillo.

He pensado en matar a la araña pero enseguida me he dicho: ugh, qué asco.

Entonces he pensando en hacer una foto de la araña, y subirla a mi historia de Instagram, con la etiqueta #beprolife (que en inglés suena mejor y tiene más sentido) o #alllivesmatter (¿tal vez ofensivo?, espera, mejor #alllivingthingsmatter, o ser algo más específico, para que no haya dudas de que no pretendo ofender: #allspidersmatter…)

Pero cuando he vuelto de la habitación de coger el móvil para hacer la foto y tal, la araña ya había desaparecido.

Ahora no hay documento de mi muestra de misericordia y mi manera trendy de lidiar con problemas cotidianos.

O sea, que he dejado pasar una oportunidad de mostrar mi magnanimidad en las redes sociales, y encima la araña estará más ancha que pancha tejiendo telas y reproducirse a saber dónde…

Finalmente he comido un puñado de cereales con agua, porque no me quedaba leche – de hecho no me quedan apenas provisiones. No lo recomiendo, pero ir a comprar no era una opción con el tiempo que hace.

Y luego me he puesto a leer prensa, porque soy un poco intelectual a ratos.

Ah, otro fallo: tal vez debería haber hecho una foto del artículo que leía, en vez de escribir en mi diario sobre él, y compartirlo también en mis historias de las redes sociales con la etiqueta: #feyliteratura o #leeresbien.

Bueno, tanta oportunidad perdida no denota sino falta de visión. Lo que yo diga: no tengo madera de influencer. Pero no se acaba el mundo, ¿eh? No de momento.

¡Uy, ha dejado de llover! ¡Voy a comprar!

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