Crueldades de la vida

Hace un rato solo escribía en Twitter que no debíamos explicarnos por aquello que nos da la gana de comer.

Bueno, pues me retracto. Sí hay quien merece una explicación : mi ropa. Y es que la pobre, la poca y pobre que me he traído a esta aventura mía, está sufriendo en mis carnes.

Literalmente.

Mis pantalones sufren cada vez más constreñidos, con cada vez menos espacio para ir holgados, cada vez más forzados a rozarse entre sí y contra mí. Las perneras, en esa parte específica de la entrepierna, sobre todo hacia la parte alta, están gritando por un poco de alivio. Lanzan llamadas de auxilio que, hasta hoy y ahora, he ignorado deliberadamente.

Las camisas, que parecían camisones de pijama cuando las metí en la maletita, tienen ahora la movilidad limitada. Y sí, les debo una disculpa, una disculpa y explicación por estar forzando sus fibras textiles, tal vez un poco demasiado: mamá está poniéndose gorda porque no tiene interés en privarse de nada rico, rico, lo siento, nenes. Pero a la vez no lo siento.

Horrible, lo sé.

Qué va a ser de mí y de mi limitada ropa. Tal vez me toque comprar nueva en mi próximo destino. Tal vez no tengo que esperar tanto y me toca hacerlo mañana. Además, en Milán hay mucha moda, dicen. Eso sí, tendré que buscar tiendas de tallas grandes, o tal vez premamá, supongo. Todo lo cual sería una traición grotesca hacia aquella ropa que empezó el viaje conmigo – y un poco hacia mí pues, ¿a dónde fueron aquellas carreras en bici y en pie? ¿De qué sirvieron aquellas papas y aquellas galletas que dejé de comer en algún punto del verano? De nada, claro está. Y oigan, que no es el fin del mundo, sobre todo en cuanto a las papas y las galletas. Pero lo de no tener un fondo de armario tal al que recurrir sin necesidad de renovar vestuario – por ejemplo vistiendo vestidos o falda, que son muy sufridos y además monos – pues ya toca un poco la moral.

Tal vez me toque empezar a tener cuidado con lo que como y, sobre todo, con cuánto como.

Pero es difícil, por supuesto.

Más encima cuando sufro de una condición que yo no sé si está documentada científicamente, pero que sé que existe porque es lo que sufro yo: me miro al espejo y me veo delgada. Justo lo contrario de aquellos con desórdenes mentales/alimenticios del tipo anorexia y bulimia. Yo me miro al espejo y me veo igual con la misma complexión que antes. A veces incluso mejor. Y claro, yo me voy tranquila a hacer mi turismo y a comer producto local convencida de que está todo bien. Pero cada vez que me pongo uno de los 3 pantalones que traigo se va notando. Cada vez más irrefutablemente… ¡Ah, qué crueles son la vida y los pantalones!

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