Lucha de titanes

Para la última etapa de mi viaje – sí, señores, este viaje tiene fin y está a la vista –, me he dado el capricho de cogerme una habitación en un hotel de una categoría superior a los habituales cuartuchos en que suelo quedarme. No se confundan ustedes, me he dado capricho, pero no lujo estrictamente hablando, por varias razones: primero, el estándar a que yo estoy acostumbrada es bastante bajo, así que no es difícil sobrepasarlo; segundo, debido a la situación (véase Covid, pero también temporada baja), está todo bastante barato y sería de tontos haberme quedado en un cuartucho esta semana cuando las habitaciones de hoteles bien están tiradas de precio.

El hotel donde estoy estos días tiene un pequeño gimnasio. Me alegré mucho cuando lo supe (aunque lo supe cuando lo reservé, así que sorpresa, lo que se dice sorpresa no hubo) porque tengo una mínima esperanza de deshacerme de los kilos de más que he acumulado estas pasadas semanas antes de regresar a casa. Y es que me preocupa un poco eso de volar barato y que me cobren el sobrepeso.

La gracia es, por supuesto, que yo no pretendía hacer ejercicio estas semanas. No, miento: lo que se dice querer, quería hacer ejercicio, y por eso incluí en mi equipaje un pantalón de deporte viejo y una cinta elástica del Decahtlon, por si surgía la ocasión una mañana tonta, de hacer algo físico, más allá de turistear y ejercitar el aparato digestivo.

Huelga decir que la cinta elástica sigue guardada en lo más hondo de mi maleta y no la he tocado ni una sola vez. En cuanto a las mallas de deporte viejas, las he usado, sí, pero de pijama.

Así que cuando por fin surgió la ocasión de usar las mallas para su fin legítimo y de hacer algo de deporte me dije emocionada: ¡hay que aprovechar!

Pues iba yo ayer de camino al gimansio del hotelito, vistiendo mi única indumentaria deportiva otra vez (conste que la lavo, señores, la lavo), y fue ascender el último tramo de escalones que anteceden a la sala de máquinas y encontrarme dos hombres hablando, que digo hablando, discutiendo muy airadamente, quién sabe sobre qué, porque no tengo ni idea de griego más del hola y gracias de rigor para el turista.

Aquello me frenó un poco, no sabía yo si era aconsejable pasar entre aquellos dos titanes, hecho, a su vez, inevitable para poder cruzar el umbral hacia el interior del gimnasio. Porque claro, los tíos eran grandes y musculosos, del tipo héroe griego, pero de gimnasio, que es mucho menos atractivo.

Tras dudar unos segundos, uno de los hombres que estaba enzarzado en la discusión – el recepcionista – se percató de mi presencia e hizo un leve gesto para que pasara, si bien en ningún momento dejó de gritarle al otro. Yo, que no veía necesario quedarme a contemplar el espectáculo, hice caso a su señal y pasé sin dilación.

Tal vez si hubiera comprendido las palabras que surgían airadas (a mi parecer) de las bocas de ambos, no habría tenido reparo en pararme a ver cómo avanzaba la discusión, del mismo modo en que estaban haciéndolo la mari esteticién que comparte vestíbulo con la entrada al gimnasio y otro muchacho, de similares características físicas heroicas, que observaba tranquilamente sentado junto a la mari esteticién.

Una vez pasado este pequeño bache, yo procedí a hacer mis cositas en las máquinas deseadas, hasta que pasado el rato me di cuenta de que un par de máquinas más allá estaba uno de los interlocutores de la entrada; no el recepcionista, sino el otro.

Urge decir (que no lo había dicho antes) que mi pensamiento inicial al ver la pelea verbal había sido que se trataba de una discusión referente a alguna infracción de las reglas por parte del otro. Tal vez se fue el día pasado sin rociar el liquidito de turno sobre las máquinas utilizadas. Tal vez la infracción era del tipo monetaria. Qué sé yo, a mí se me ocurrió la idea de pronto de que el recepcionista era alto y fortachón, pero tenía la cabeza como una bola de billar, mientras que el otro fortachón, si bien feíllo de cara, tenía una melena densa y rizada, casi irrespetuosa, que tal vez había infundido desagrado instintivo entre el recepcionista y el melenudo y una cuestión simple, como la de no llevar toalla consigo, había derivado en las mayores palabras que me habían recibido a mi llegada al gimnasio.

Por supuesto, esto son figuraciones mías, puesto que pasando tanto rato sola he desarrollado cierta proclividad a montarme historias en mi cabeza que… telita. De todas maneras, este pensamiento, seguramente poco políticamente correcto y que tal vez ofenda a los señores (y señoras, que también puede ser) que sufran de alopecia, me hizo sonreír y he pensado en compartirlo aquí.

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