Diario de una escritora en pijama – 21

Ayer sí escribí. Escribí mi primer poema de temática social.

Me sentí bien escribiéndolo, pero también un poco infantil.

Me sentí como me siento cada vez que estoy con amigos sentada en una terraza de un bar, con alguna cerveza por delante, y empezamos a hablar de cómo está el mundo y qué injusticias y hombres malos campan a sus anchas, como si fueran las nimfas y los dioses y demás criaturas fantásticas de las historias mitológicas griegas.

Me sentí como cuando alzo el puño al aire en ademán airado que demanda acción o un cambio o… algo.

Sentí, a la vez, satisfacción y tristeza.

Sentí también que yo escribiendo ese poema no va a tener más impacto social que esas conversaciones que he sostenido en incontables ocasiones con amigos y amigas que, o bien unen a mi voz en grito las suyas para denunciar al viento las injusticias y maldecir a los malhechores, o bien me escuchan pacientes, hasta que se me pase el berrinche y poder continuar con la conversación por derroteros más calmados.

Aparte de escribir ese poema, pensé en cómo lo leería. Cuánto émfasis y sentimiento de enfado debería ponerle a según qué versos.

En definitiva, el sentimiento general fue bueno, de satisfacción: me sentí, no solo escritora, sino poeta.

Luego me fui a dar un paseo y se me pasó el ímpetu de querer gritar y salir a denunciar y a manifestarme y blandir carteles de protesta.

Es muy curioso lo rapidísimo que se me pasó. En cuestión de minutos el espíritu rebelde y luchador se apaciguó, y enseguida me hallé contentada con mirar el mar y las olas y sentir que nada de lo que pasaba en el mundo tenía en verdad importancia alguna.

¿Qué importa que haya una pandemia y gente muriendo o empobreciéndose o pasando miedo e incertidumbre o que haya unos cuantos que están aprovechándose de la situación y enriqueciéndose a costa del gran resto que lo está pasando tan mal?

Nada importa, me dije mientras el viento mecía mis cabellos y las olas y las hojas de los árboles cercanos, porque al final los humanos no somos más que granos de arena en este universo tan grande que nos contiene y, en verdad, nos ignora como nosotros ignoramos a las hormiguitas en el camino. Somos ínfimos y al final el universo es tan olvidadizo como lo somos nosotros.

Llamésele paz, llámesele fatalismo, pasotismo, egoísmo, o cualquier otro -ismo que se quiera, pero indudablemente regresé a casa más tranquila.

Luego me puse a ver la tele y ya no escribí más.

2 comentarios sobre “Diario de una escritora en pijama – 21

  1. Concuerdo contigo en qué somos pequeñas motas de polvo en nuestro infinito universo, por eso hacemos bien en no irritar nos en exceso pues no merece la pena!!

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