Diario de una escritora en pijama – 22

Qué bien estar de vuelta en pijama. Echaba tanto de menos su comodidad, la facilidad con la que se ajusta a mis movimientos y curvas pronunciadas…

Ahora que he vuelto a casa y me he puesto mi añorado pijama dudo que quiera alejarme de esta afelpada realidad otra vez en mucho tiempo.

Esta semana no he escrito tanto, pero interpreté algo de mi poesía el otro día. Interpreté en línea una pieza poética en que había estado trabajando durante semanas y me sentí muy satisfecha cuando la pieza surgió de mí del modo correcto. Ni demasiado apresurada ni demasiado lenta. Era el ritmo y tono justo y adecuado para que yo me sintiera cómoda y sintiera que el público me seguía cómodamente también. Porque sí, había público. Mucha gente que yo no podía ver cegada, digamos por la luz de los focos y por el sistema unidireccional de las emisiones en redes sociales, pero también un puñado de colegas poetas que observaban desde bambalinas mi recitación y asentían o sonreían con aprobación a una inflexión de tono aquí a una pausa alargada allá.

Sin embargo, eché de menos el calor humano que dicen que se respira en estas situaciones. Eché de menos el olor a alcohol y los susurros apagados de conversaciones discretas en el ambiente de espectadores que quieren mostrar algo de respeto hacia el artista, pero que tienen todavía más deseo de saber qué más les tiene que contar su amigo o amante. Eché de menos las palmadas en los hombros de mis compañeros y demás poetas que contribuyeron, que sí, recibí de manera virtual pero que, por supuesto, me supieron a poco. Eché de menos respirar el humo de los cigarros que mis colegas poetas espiraban en la reunión virtual que siguió al evento. Eché de menos la sensación de ESTAR en una fiesta.

Me pregunto si llegará el día, cuando todo esto pase, en que habrá de nuevo actuaciones en directo y entonces yo tendré la oportunidad de presentarme sobre sobre un escenario y hacer lo que el otro día hice a través de una pantalla. Me pregunto si tengo madera para acallar al público o al menos amortiguar lo suficiente sus conversaciones, y si recibiré palmadas de poetas talentosos y amigables con los que después irme de fiesta para celebrar los éxitos personales de la noche.

O si nada será tan bonito como me planteo que podría ser.

La vida es más fácil en pijama, la verdad. Una parte de mí no tiene prisa de que esto termine. Una parte de mí se contenta preguntándose estas cuestiones sin deseo real de saber las respuestas.

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