Diario de una escritora en pijama – 24

Érase una vez una una chica – mujer joven, más bien, guapa y atractiva, pero humilde y cuyo estilo habitualmente desenfadado denota indiferencia a estos rasgos – que decidió salir de su casa para dar un paseo y comprar. Normalmente la joven mujer hacía estas actividades de una manera regular, y por lo tanto se presentaban como rutina, algo aburridas, incluso. Pero aun siendo una costumbre ordinaria, hubo varios detalles que se salieron de lo ordinario. Para empezar, la joven mujer decidió que, en vez de salir en chándal como de costumbre, aquel día iba a salir vistiendo unos pantalones vaqueros. Normalmente no hacía esto pues sentía la tela vaquera fría contra su piel, y ya había bastante frío en el mundo exterior, para encima vestir vaqueros. Pero aquel día, por un motivo indeterminado, decidió ponerse vaqueros, lo cual tuvo un efecto positivo en su autoestima, pues ese tipo de pantalones siempre había tenido la cualidad de realzar el trasero del portador…

Y ya me he cansado de este juego de escribir el diario en tercera persona. La verdad es que es un coñazo si tengo que pensar en mí como en “ella”. En fin, sigo con el cuento, pero en primera persona. Puedo pretender que se trataba de un ejercicio y ahora paso de narrador externo omnisciente a narrador interno. Vamos:

Lo segundo es que he salido de casa sin auriculares, hecho bastante inusual también, pero no los encontraba y al final me ha dado pereza buscarlos, porque temía que si me entretenía demasiado el sol se escondería y empezaría a llover, cosa que pasa muy a menudo. El caso es que he ido a pasear junto al río y tras andar una buena hora, he decidido sentarme en uno de los bancos que hay a la altura del colegio victoriano abandonado, a escribir en mi móvil un rato… He empezado a escribir una poesía sobre el otoño y sobre el río y todas esas cosas naturales e idealizadas que constituyen el tipo de poesía aburrida que siempre me ha desagradado, o más bien, dado igual. Pero mira, hay veces que esas cosas salen solas, y de apreciación por la belleza natural, voy servida.

Pues estaba allí tranquila, apreciando el paisaje, cuando de pronto se me ha presentado otra oportunidad de apreciar otro tipo de belleza natural, de modo que he dejado de escribir inmediatamente. Se trataba de un hombre, metro ochenta, buena constitución, ni flaco ni deportivo, y unos rasgos que se intuían agraciados, pero que quedaban mayormente ocultos por una barba asalvajada y de color del fuego. Nunca he sido fan ni de las barbas ni de los pelirrojos, pero este hombre lucía ambas carecterísticas con tanto aplomo y tenía una nariz tan bonita… Sus ropas no eran especialmente llamativas, de hecho vestía chándal, pero había algo en su porte que le daba cierta elegancia.

Bueno, como no llevaba mi musiquita me he dado cuenta enseguida de que venía a pararse no lejos de donde estaba yo, en otro de los bancos que hay a la vereda del río. Supongo que lo he mirado muy exageradamente, porque no ha tardado en darse por aludido. Tras una breve sonrisa y un buen rato ignorándonos mutuamente, ha habido otra sonrisa y finalmente hemos hablado.

Se llama Jayden, guapo-ginger-Jayden. Hemos quedado en vernos en los mismos bancos mañana. Tal vez. No hemos quedado, sino que hemos abierto la posibilidad, si bien no hemos estipulado la obligación. Guapo-ginger-Jayden me gusta y dependiendo de cómo me sienta mañana, iré a los bancos otra vez, potencialmente vistiendo vaqueros de nuevo. Es una excusa tan válida como cualquier otra para salir a dar un paseo largo.

De regreso del súper, me he sentado en el estudio y he empezado a escribir un pequeño relato, que era más como un cuadro en palabras, porque acción había poca, donde describía con todo lujo de detalles este hombre alto y pelirrojo y guapo a rabiar, tanto que sus facciones habían podido haber sido esculpidas por un escultor griego o algo así. Cuando lo he releído, me ha dado tal vergüenza, como mujer y como escritora, que lo he borrado corriendo.

Nunca había sentido tal atraccíón hacia alguien, no que yo recuerde. Pero en verdad eso no quiere decir mucho, porque yo tengo tendencía a olvidar todo en relación a mi vida, tanto lo bueno como lo malo, muy rápido. Como una embarazada cuando ha parido, que no tarda en olvidar lo doloroso que fue el parto.

Vivo en constante ignorancia, o sea, en continua felicidad.

Por supuesto exagero, me gusta exagerar. Podría ser italiana.

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