Diario de una escritora en pijama – 25

Allí estoy, vistiendo vaqueros otra vez. Por lo menos una hora, mirando el río y el puente y el cielo. Escribiendo en mi móvil muchas palabras sueltas y alguna que otra encadenada, y lanzando de vez en cuando miradas de soslayo a ambas direcciones del camino para ver quién pasa por ahí. Pero guapo-ginger-Jayden no aparece. Supongo que fue simpático por educación, pero en realidad debía de estar pensando algo en la línea de: tal vez sea una psicópata, vamos a quedar bien y amigos y en cuanto vea que es seguro, me alejo de ella lo máximo posible…

Qué triste. No creo ser psicópata, aunque supongo que tampoco se ha demostrado lo contrario todavía.

He vuelto a casa un poco desanimadilla, pero no hay nada que un buen vaso de whisky no cure. Dicen. No es que sea muy fan de ese licor, pero era el único que tenía en casa, desde que compré una botella hace dos años, con el propósito de acostumbrarme a beber whisky, porque es lo que la gente seria bebe. Solo la he tocado dos veces: la misma noche que la compré y hoy, al volver del paseo. No sé si es verdad que el whisky cura los males de corazón, pero ha ayudado a que se me olvidara el rato que he estado tosiendo del mal gusto que me ha dejado. Después he ido a sentarme frente a mi libreta. Mi amada libreta, que nunca me falla, que siempre está ahí. Y si no está ella, hay otra. Será por papeles en casa… Y yo tampoco soy tan fiel… Entonces se me ha ocurrido una idea.

IDEA: escribir una historia de esas de amor no correspondidas, que provocan más lágrimas que otra cosa. Eso es bueno porque llorar viene bien para desestresar. También viene bien para eso, hacer ejercicio o tener sexo, pero supongo que quien se pare a leer mis historias ha decidido dedicarme el tiempo que podría estar utilizando para hacer ejercicio o tener sexo, de manera que tengo para con ellos una deuda de respeto y agradecimiento que pagar contribuyendo a su desestrés a mi manera. Tal vez podría pagarla mejor escribiendo novela erótica, pero mi talento no va por esos derroteros. No que yo sepa.

DIVAGO, que no el doctor.

Pienso que igual el guapo-ginger-Jayden se confundió de día y entendió que íbamos a coincidir otro día. Ya me veo yendo a pasear todos los días hasta el puente, por si acaso. Y luego, cuando nos veamos por fin: uy, qué casualidad, no suelo pasar por aquí… Mentirosa… La de cosas que se hacen por un calentón. Porque el guapo-ginger-Jayden era guapo nivel superior y me sentí extremadamente atraída. No creo que sea amor (y menos de esos a primera vista), más que nada porque yo no creo en eso. La química ya es otra cosa…

Tanto divagar me está haciendo retornar en círculos al guapo-ginger-Jayden. Creo que voy a por otro vaso de whisky.

Asqueroso. Pero siento como un calor extendiéndose en mi interior. Es casi agradable.

DESARROLLO DE IDEA: Necesito dos personajes, mínimo, para la historia de desamor central. Pero no quiero que sea una obra de teatro de baja producción, con poca acción y mucho diálogo. Quiero que sea un pastelón al estilo Orgullo y prejuicio. Sin final feliz. A ver pensemos, ¿cuántos personajes hay en Orgullo y Prejuicio? Están la Lizzy y el Darcy, y las hermanas y los padres de la Lizzy, y el amigo del Darcy y las hermanas del amigo, y la tía y la prima y… buf, demasiada gente. Lo mismo tengo que hacerme un croquis en la pared, como hacen otros escritores para no perderse en su propia historia. Qué pereza. Voy a por otro whisky.

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