Diario de una escritora en pijama – 26

Hace un par de años, mientras trataba de llenar mis pulmones de aire recargado de humedad en la zona de spa del gimnasio al que iba (cuando mi poder adquisitivo era considerablemente superior al de ahora – porque ahora no hay, o sea, es cero, que al menos es mejor que menos algo –), un señor sudoroso y enorme, desagradable a la vista, pero con semblante sonriente y bastante cordial, hizo intento de iniciar conversación.

Yo tardé un poco en darme por aludida, porque no me gusta mantener conversaciones con desconocidos en instalaciones deportivas públicas, sobre todo cuando llevo por toda ropa un bañador deportivo, y otra gente también anda corta de tela. Pero finalmente tuve que asumir que no había nadie más allí y que, por lo tanto, el hombre quería entablar conversación conmigo. Seguir ignorándolo podría rozar en la mala educación.

Tras varias banalidades sobre el tiempo y la tranquilidad del lugar, el señor enorme y sudoroso me preguntó que a qué me dedicaba. Por un par de segundos dudé hasta que finalmente contesté – y fue la primera vez que lo verbalizaba en voz alta – que era escritora. A esto, como era de esperar, le siguió una serie de preguntas sobre qué escribía y tal, a todo lo cual yo daba respuestas muy someras y poco detalladas.

Finalmente el señor enorme y sudoroso desistió de continuar forzando una conversación que no fluía, no sin antes exhortarme muy solemne: “Que tus escritos sean personales y honestos”, ante lo cual asentí y cerré los ojos, concentrándome en seguir respirando profundamente. Por alguna razón, se me antojaba que cuánta más agua introdujera en mis pulmones, más los estaba haciendo trabajar y eso que llevaba adelantado de la futura sesión de gimnasio.

Por supuesto, no he vuelto a ver a ese hombre. Ni ganas, ni falta que hace. Pero en muchas ocasiones me ha venido a la cabeza nuestra fugaz interacción y aquella perlita con la que acabó. Y pienso: ¿es mi escritura personal y honesta?

Creo que, a estas alturas de mi diario, de mi vida de escritora y mi vida en general, puedo decir que estoy caminando más firmemente en la dirección correcta. En cuanto a honestidad sea, no en cuanto a rentabilidad. Y es que en algún momento tendré que buscar otro trabajo de verdad o empezaré a ser La escritora en pijama bajo un puente. Pero mientras tanto puedo afirmar que lo que voy escribiendo es, en efecto, personal y honesto. Excepto cuando contesto a los mensajes de Will dándole largas indefinidas. Eso no es del todo honesto y casi que está feo. Pero yo también llevo mi dosis de despecho por el guapo-ginger-Jayden. Esto es una cadena de desdichas.

En cuanto a mi obra creativa, sin embargo, puedo poder afirmar: ¡sí! Y bueno, que me llueva la mierda que tenga que lloverme. Me ha costado aceptarlo porque la mierda da asco y hasta miedo, pero una escritora tiene que escribir de lo que tiene que escribir. Y ya está.

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