Mi opinión sobre las opiniones

Todo el mundo tiene derecho a una opinión. Opinar se ha hecho muy popular en internet. Hay innumerables blogs y páginas de artículos pseudoperiodísticos, de artículos de opinión, de blogs personales y diarios en línea, de páginas como esta misma y, por supuesto, de páginas y perfiles en diferentes redes sociales (Twitter siendo la más notoria, pero no la única) donde la gente puede compartir su opinión y su visión del mundo y lo hace sin filtro alguno.

Todo el mundo tiene derecho a una opinión, pero la opinión de todo el mundo no está igual de fundamentada, es igual de válida o, incluso, relevante. Por ejemplo, el hecho de que yo ahora me ponga a divagar sobre las opiniones de la gente no es demasiado relevante, en tanto en cuanto no viene a cuento de un evento concreto, un suceso reciente o de nada específico. Sin embargo, llevo días pensando en las posiblidades que internet ha abierto a la gente, de escribir lo que a uno le dé la real gana, y de que lo dicho quede ahí, escrito, de por vida, casi eterno. Además, considero que tengo una base de conocimiento considerable en el campo de las palabras y la comunicación. Así que, en general, puedo resumir mis conclusiones respecto al tema diciendo que me inquieta.

Desde el principio de la existencia de la escritura, la palabra escrita ha tenido un poder casi mágico. Esto se debía a que no todo el mundo podía leer y comprender los símbolos transferidos a un material determinado (piedra, madera, piel, papel…), así que este conocimiento, limitado a unos pocos, era poder. A lo largo de la historia, ese poder – como muchos otros poderes más evidentes, por ejemplo el dinero – ha sido utilizado tanto para bien, como para mal, así como para controlar. El poder asociado a la escritura era/es vinculante, como el de un contrato. “Si está escrito, es verdad”, se deducía. Las leyes escritas, hay/había que seguirlas, los textos en los libros de historia no se cuestionan/cuestionaban y, cuando se hacen acuerdos, tratos y negocios, se considera importante que “queden por escrito”, de manera que no habrá dudas respecto a los términos, condiciones y los roles de las partes involucradas. Es innegable que a la palabra escrita se le otorga un poder superior que a la oralidad.

A mí me gustan las palabras, por supuesto. Me gustan mucho, las amo, como se deduce del hecho de que soy filóloga de carrera, lingüista de espíritu y escritora y poeta de corazón. Leer, escribir, aprender idiomas – y, por lo tanto nuevas palabras y las conexiones entre nuevos símbolos y la realidad en la que vivo – me da placer y satisfacción; me motiva. Sin embargo, en los últimos años he empezado a sentir un poco de desengaño hacia las palabras, y lo triste es que no es su culpa, sino de los usuarios. Me parece que ciertas palabras están recibiendo un exceso de uso, por no decir abuso. Hay miles de ejemplos de abusos llevados a cabo por su uso, pero no voy a entrar en más detalles porque podría estar aquí sentada escribiendo hasta aburrir (a mí misma y a cualquiera que lea esto).

Lo que más me molesta, lo que me da coraje y pereza, es pensar en la gente que cree que tiene el derecho a decir (y escribir) absolutamente lo primero que se le pase por la cabeza. Igualmente, me da coraje y pereza pensar en la gente que no tiene nada mejor que hacer (ni mayor criterio) que acatar ciertas opiniones expresadas, alegremente y sin filtro, como ciertas. Porque es innegable que, por definición, la opinión de alguien es susceptible de representar una perspectiva limitada, ya sea por visión, conocimiento previo o sistema de valores y creencias de ese alguien.

Las opiniones no son verdades.

Aquello que llamamos “verdades” tampoco son verdades absolutas.

Pienso por ejemplo en la ciencia, que trata de explicar el mundo que habitamos empíricamente, por medio de la experiencia y de datos contrastados. Pero lo que la ciencia establecía como verdad hace 200 años tal vez se ha visto modificado o concretado, dados ciertos nuevos descubrimientos.

En este contexto de verdades y realidades, encontramos que las palabras son instrumentos para designar una realidad de la cual no lo sabemos todo (o nada, más bien) y por lo tanto acotan una representación muy limitada (y engañosa, tal vez) de esa realidad.

En cualquier caso, y sin querer extenderme más, porque tengo cosas que hacer, quería dejar por escrito (en internet) mi opinión sobre las opiones. Cuidado con ellas. Y sobre todo, cuidado con las opiniones que se presentan como verdades, porque seguramente responden, no solo a un deseo de contribuir al debate de la vida, sino al de convencer, y por lo tanto, manipular la opinión de otras personas.

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