Diario de una escritora en pijama – 30

Y así acabo el sábado, escuchando a Jorge Drexler porque alguien ha decidido compartir un momento de su vida en Instagram y he escuchado un fragmento de la canción y me ha apetecido escucharla a todo volumen, mientras intento hacer balance de mi día y convocar la sensación de que ha sido un buen día.

Podría hablar con Schneider y contarle todo esto en vez de escribirlo en mi diario. La verdad es que ya le he dicho a Schneider lo que tenía que decirle. Cada vez que entro en el salón y lo veo allí arriba, quieto como una roca, que no sé a qué espera a moverse, le grito: “¡SCHNEIDER!” y voy a sentarme al sofá, a seguir con la lectura de alguno de los libros que traigo entre manos. Schneider ni se inmuta. Moverse se mueve, pero nunca cuando yo estoy aquí. Ayer estaba en otra parte del techo. Está reconociendo el terreno, supongo. Pero a la vez creo que sabe que a estas alturas le he cogido algo de apego psicológico y no lo voy a matar. Lo cual no tiene ningún sentido ni coherencia, porque la semana pasada maté a su primo o hermana o algo… un familiar, porque era de su raza y etnia. Mismo cuerpo y mismas patas. Pero es que aquel no tenía nombre. Una vez nombro a una criatura, ya está, todo cambia. Esa criatura pasa a formar parte de mi entorno, de mi vida, y lo veo con otros ojos, los ojos de la familiaridad. Como mis plantas. No quería plantas. Para mí era como una manera de apegarme a esta casa. Igual que no quería mascota – y sigo sin querer mascota, a pesar de que me muero por un perro figurativamente hablando – por la misma razón. ¿Y si decido que me quiero / puedo ir el mes que viene a un lugar remoto y exótico a vivir? ¿Qué haré entonces con la mascota/la planta/la casa? Tarde. No tengo una sino ocho plantas. Hay dos cuyo aspecto denota una relación con la vida más precaria. O sea, que parece que están muriendo o a puntito de estar más muertas que vivas: lánguidas, descoloridas, desprovistas de la belleza típica de plantas sanotas y felices. Yo, al principio, atribuía su languidez al desafortunado ambiente en el que viven. El alféizar de una ventana que no aísla demasiado y por cuyas rendijas pasan considerables corrientes de aire helado no creo que concuerden con el estilo de vida típico de un aloe vera y un cactus. Pero Morta resiste. Morta es el cactus que a duras penas vive y se llama así, no por su precaria conexión con la vida, sino por mi infantil afición a la mitología griega. No por casualidad sus hermanas se llaman Décima y Nona. Ahora, curiosa e irónicamente el hilo que une a Morta con la vida está en entredicho. ¿Por las hermanas? ¿Por el ciclo de la vida? ¿Por mis inexistentes habilidades de jardinería?

Acabo de alzar la mirada. ¡SCHNEIDER! Ahí sigue, sin mover una pata. O tal vez sí, pero no me fijo en los detalles tanto. No sé cómo puedo aspirar a ser escritora si no soy capaz de apreciar los detalles. Pero bueno, no hago daño a nadie yendo de acá para allá por la casa, constantemente en pijama, gritando un nombre alemán que bien podría estar en la placa de un ascensor cada vez que veo a la araña con la que comparto salón, o anotando tonterías en un diario. Tal vez un día de estos todas las criaturas que compartimos esta casa encontremos algo mejor que hacer con nuestra vida… o nos muramos del todo. Pero de momento aquí seguimos. ¿A dónde vamos a ir?

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