Diario de una profesora interina – II

Llevo todo el domingo en casa, corrigiendo o planificando clases. Sé que hay varios factores determinantes de por qué me está costando tanto tiempo hacer todo esto:

  • Todavía estoy haciéndome a un sistema nuevo
  • No tengo práctica corrigiendo o planificando para este nuevo temario y con este nuevo alumnado
  • Quiero hacerlo bien

El último factor es definitivo. Si no me importara, habría acabado el viernes, cuando sonó la última campana del día. Y oye, en términos generales, lo disfruto:

Disfruto buscando información y anotando y escribiendo comentarios pertinentes, que espero ayudarán a los alumnos, pues confío en que estos leerán mis comentarios y sacarán provecho de ello del feedback.

Disfruto desempolvando contenidos teóricos que estaban largo enterrados y rememorando por qué estudié Filología y por qué creo que el lenguaje es una cosa apasionante.

Disfruto pensando y buscando ideas y maneras de ver las teorías que hay que dar en clase, con la esperanza de que los alumnos sean lo más activos posible y estén involucrados en su propio aprendizaje.

Durante las clases con los pequeños, me gusta ser el centro de atención, la maestra de ceremonias, la coordinador del debate de clase. Pero a la vez soy consciente de que hay grupos con los que esto no funciona, y hay que buscar otros métodos de hacerles llegar el conocimiento y hacerles desarrollar las habilidades deseadas. ¿Cómo leches explicarle a un grupo bastante grande de jóvenes que tienen intereses y habilidades variados lo que son los temas y los tópicos literarios o la importancia de El conde Lucanor?

Sí, disfruto hasta que llega el punto en que me bloqueo y no encuentro respuestas y no se me ocurren más cosas. Y encima miro la hora y veo que se me ha pasado el domingo yendo del sofá, de un montón de cuadernos, al escritorio, a otro montón de cuadernos, del ordenador a los libros, de los blogs de otros docentes a mis pobres y esperanzadoras notas en boli… Y no solo no he terminado, sino que estoy prácticamente dónde estaba al principio.

Hoy no me ha dolido quedarme en casa trabajando. Ha estado lloviendo intermitentemente desde que me desperté. Salí a comer a la terraza justo cuando el sol asomaba un rato dando tregua la lluvia. Pero en general, era un día para quedarse en casa. Vale, trabajo, por qué no. Para ver la tele, mejor corregir y recordar lo que había que hacer para hacer buenos comentarios de textos. Para ver cualquier serie tonta de Netflix, mejor leer un buen libro de la literatura española y tratar de ver el mejor modo de abordarlo en clase. Claro, ¿por qué no?

Me he enterado esta mañana, por un correo a deshora, de que tengo reuniones de padres mañana. Pues nada, la posibilidad de ir a hacer algo de deporte – o siquiera un paseo – después de las clases, ya está descartado. Y así, de improviso. ¿Esta va a ser mi vida ahora y por el momento: estar disponible completamente a las necesidades y responsabilidades de mi puesto laboral?

Me pregunto cuánto duraré, cuánto tiempo podré mantener el entusiasmo y las ganas de hacerlo bien, cuánto tiempo podré mantener el nivel de dar el 85% de mi tiempo al trabajo, seis días a la semana. Y todavía tendré que dar gracias de que tuve el sábado para mí. Bueno, mío del todo no fue, que ayer estaba paseando y haciendo mis cositas, pero seguía pensando en cosas de clase…

Para la próxima entrevista de trabajo, la persona de turno me preguntará: ¿Cuáles son sus cualidades? ¿Qué puede aportar al puesto?

¿Cuáles? ¿Qué lee parece la ingenuidad, las ganas y las horas de quien quiere hacerlo bien? ¿le parece poco?

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