Diario de una profesora interina – III

¿Qué tal estás, Anabel? Bien, gracias, muy ocupada.

¿Qué tal el nuevo cole, Anabel? Intenso, gracias, con mil cosas que hacer cada día – y las que me quedan antes de irme a dormir – y fíjate que ahora mismo yo solo puedo pensar en ese arroz con bacalao que yo me comería en el puerto.

¿Qué tal los alumnos, Anabel? Muy bonicos y motivados, gracias, y por eso yo tengo que dar más de mí para que ellos también lo hagan.

¿Qué tal lo de desdoblarse, Anabel? Muy mal, gracias, no he descubierto todavía el modo de desarrollar el don de la ubicuidad.

¿Qué tal lo de descansar, Anabel? A ratos, gracias.

Me viene a la mente Napoleón, quien – dicen – tenía la extraordinaria capacidad de hacer microsiestas sobre su caballo. No sé dónde ni cuándo lo oí, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado, pero es perfectamente posible… En cuanto a mí, de momento caballo no tengo, pero lo de las microsiestas ya lo voy controlando.

Sin embargo, ayer tuve una experiencia chula en clase y, cuando eso pasa, parece que se olvidan los ratos de insomnio y estrés. Ayer hice un pequeño taller de escritura en clase y la gente de esta clase en particular, que normalmente está bastante dispersa, se centró bastante y me he encontrado con cuentos muy chulos. Todavía no los he leído todos, pero entre lo que he visto, hay transcrito verdadero talento.

El cuento que usé como modelo a seguir fue el cuento de Cortázar de “Instrucciones para llorar”. Sé que esta tarea queda muy lejos de ser original, pero no se trata de ser original ni de inventar la rueda. Precisamente yo no podría inventar la rueda aunque me dieran como modelo otra.

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio CORTÁZAR

(Texto extraído de Ciudad Seva).

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