Diario de una profesora interina – IV

Cuando el lunes y el martes y el miércoles y el jueves y el viernes dejan de ser entes separados, con un principio y un fin delimitados por un periodo de descanso y sueño de duración determinada y respetable y, en su lugar, nos encontramos con un continuo e inacabable día, con la obligación de experimentar en propias carnes la linealidad del tiempo (o parte de ese tiempo, si bien se dice, se comenta desde algunas fuentes que el tiempo es circular)… A eso se le llama, no ya semana, sino el día de una profesora interina.

Sí, porque el día de una profesora interina no tiene fin propiamente dicho y tampoco tiene principio. Un profesor interino puede llegar a comprender el concepto de divinidad, que no tiene principio ni fin, un alfa y un omega, porque un profesor interino vive en un constante círculo del eterno retorno: enseguida que te descuidas, y parece que has conseguido recuperar un par de horas de sueño durante el fin de semana, volvemos a empezar ese día eterno. Y con cada nueva semana, o más bien nuevo día, la profesora interina se deshace de una capa de su alma y sanidad mental (si es que consideramos estas como cosas separadas de la persona física).

Mens sana in corpore sano, decían aquellos. Pero aquí decimos a la inversa: mente desquiciada en cuerpo destrozado, y a duras penas se es capaz de hacer las cosas normales de la rutina. Se vive por costumbre, en modo automático. Se desayuna, se ducha una, se viste y se va al trabajo por costumbre sin prestar atención a lo que se hace. Que vea usted si eso es seguro: conducir en modo automático, sin ver muy bien lo que uno mira cuando va al lugar de turno. Y luego, con las emociones a flor de piel, porque la mente no tiene tiempo de procesar las informaciones y sentimientos acumulados a lo largo de este día eterno y cualquier nueva adición es como un terremoto para una casa cuya estructura ya está perjudicada.

No me quejo, simplemente constato una realidad.

El otro día me reía porque mis alumnos me corregían cada dos por tres lo que yo escribía en la pizarra. Que si tengo dislexia, me preguntan, porque continuamente digo una cosa y esrcibo otar. Yo les digo que sí, que un poco disléxica soy, pero también les digo que estoy panoli o empanada o saturada, y lo demuestro a cada momento, cuando mi boca transmite unos sonidos que para nada se corresponden con lo que transcribe mi mano en la pizarra.

Sé que esto es normal al principio. Sé – o más bien quiero pensar que es así – que conforme me coja a la marcha, conforme me haga al temario (o con el sistema, o con el modelo de examen), conforme refresque mis conocimientos, conozca a los alumnos y vea de qué pie cojean para decidir de qué lado necesitan apoyo extra, todo irá teniendo más sentido y podré volver a mi dulce rutina de dormir 8 horas diarias y tener días diferenciados en la semana y tener algo que se parezca a equilibrio entre vida laboral y personal. ¿Equi qué? ¿Eso no es un prefijo latino? ¿O era griego? De ahí lo de triángulo equilátero, ¿no? ¿Y qué significaba “isósceles”?

En fin, se acabó la pausa del recreo mental, a seguir con la marcha, que aún me queda mucho que planear y corregir. Porque por supuesto, que corregir hay. Hasta el infinito y más allá. Ahí sí que se evidencia nueva y claramente el eterno retorno hecho realidad, de un modo casi tangible.

Bueno, como decía Morla, la Vetusta,

No te asustes al desgastarme, soy eterno
[…]
Ya llegará lo del cementerio
Y solo entonces lo mismo será que no serlo.

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