Diario de una profesora interina – fin

Y con las vacaciones llegó el descanso. El final del camino se presentaba, no como algo agorero, sino todo lo contrario, como la salvación, de mi alma y mi cuerpo, y en esas estamos: en el postrauma.

Me he levantado hoy muy tranquila, y muy tranquila he organizado mis asuntos más inmediatos. Todavía quedan muchos exámenes y trabajos que corregir, pero me queda la tranquilizadora sensación de que, una vez termine esas últimas correcciones, respiraré hondo y seguiré caminando en una nueva dirección. Lejos, muy lejos de la docencia interina.

¿Que si me planteo volver a ser una profesora interina? Hoy respondo que no, un “no” rotundo, bien alto y claro. Por otro lado, sé que la vida da muchas vueltas y nunca se ha de decir de esta agua no beberé, etcétera. Aun así, repito que, a día de hoy, esa es una opción para nada llamativa.

¿Que si no me da apuro volver a la casilla de salida? No, porque no lo hago realmente, pues he vivido mucho desde que empecé este juego tonto y caprichoso que es la vida laboral (y la vida en general). No sé qué aventuras me depararán las próximas casillas, pero de momento me contento con dormir bien y tener una vida. O sea, poder hacer algo más allá de trabajar. A eso aspiro. Yo creo que no es tanto, ¿no?

Bueno, fue interesante relatarles mis miserias laborales, pero hasta aquí llegó este diario. Cuídense, que yo haré otro tanto, y ¡hasta que nos volvamos a encontrar – o hasta que yo tenga algo que contar, lo cual no ocurre muy a menudo estos días!

¡Qué bien saben algunos finales!

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