La fe en el tercer mundo

A las ocho de la mañana el padre Duncan, el padre Heriberto y el padre Luis empiezan a inflar el templo, es decir que están a la orilla de un río o en un claro de selva o en cualquier aldea cuanto más tropical mejor, y con ayuda de la bomba instalada en el camión empiezan a inflar el templo mientras los indios de los alrededores los contemplan desde lejos y más bien estupefactos porque el templo que al principio era como una vejiga aplastada se empieza a enderezar, se redondea, se esponja, en lo alto aparecen tres ventanitas de plástico coloreado que vienen a ser los vitrales del templo, y al final salta una cruz en lo más alto y ya está, plop, hosanna, suena la bocina del camión a falta de campana, los indios se acercan asombrados y respetuosos y el padre Duncan los incita a entrar mientras el padre Luis y el padre Heriberto los empujan para que no cambien de idea, de manera que el servicio empieza apenas el padre Heriberto instala la mesita del altar y dos o tres adornos con muchos colores que por lo tanto tienen que ser extremadamente santos, y el padre Duncan canta un cántico que los indios encuentran sumamente parecido a los balidos de sus cabras cuando un puma anda cerca, y todo esto ocurre dentro de una atmósfera sumamente mística y una nube de mosquitos atraídos por la novedad del templo, y dura hasta que un indiecito que se aburre empieza a jugar con la pared del templo, es decir que le clava un fierro nomás para ver cómo es eso que se infla y obtiene exactamente lo contrario, el templo se desinfla precipitadamente y en la confusión todo el mundo se agolpa buscando la salida y el templo los envuelve, los aplasta, los cobija sin hacerles daño alguno por supuesto pero creando una confusión nada propicia a la doctrina, máxime cuando los indios tienen amplia ocasión de escuchar la lluvia de coños y carajos que distribuyen los padres Heriberto y Luis mientras se debaten debajo del templo buscando la salida.

Julio CORTÁZAR

Diario de una profesora interina

Hacía años que ni estudiaba, ni enseñaba lengua y literatura, que no leía literatura española e hispanoamericana, que no comentaba textos en profundidad, que no pensaba en figuras literarias o retóricas o en funciones del lenguaje, que no pensaba en el origen del léxico español y los métodos de formación de palabras, que no me interesaba en los textos más allá del disfrute personal o de la práctica lingüistica de alguno de los otros idiomas que estaba aprendiendo.

Y es que hacía años que había puesto mi lengua nativa y predilecta, así como mis conocimientos sobre ella (que eran grandes y profundos) en un plano muy secundario y hete aquí que ahora me encuentro inesperadamente en una situación peliaguda, teniendo que hacer juicios sobre la corrección de un escrito o su contenido, o más bien de decenas de escritos y sus contenidos, así como de intentar ser – o llegar a ser – de nuevo la experta filóloga que una vez fui.

La paradoja es que, tras 10 años de formación de instituto y universidad, me siento poco preparada, poco filóloga, poco profesora de lengua y literatura. Buscaba experiencias de vida antes de llegar aquí y ahora que he llegado, las experiencias recientes de mi vida han eclipsado y enterrado todo el saber y conocimientos adquiridos previamente. Es como una broma, como un sinsentido que no tiene mucha gracia.

Supongo que los conocimientos resurgirán o volverán a grabarse, a fuerza de voluntad y arduo trabajo, pero a la vez me gustaría que la vida fuera fácil y tranquila, porque justo estaba llegando a ese punto en que la tranquilidad me atraía tanto como la aventura.

Veo desde mi ventana una tarde soleada y florida, veo a los pajaritos y mariposas reveoloteando ahí fuera, oigo a los coches que van a algún lugar y a los críos riendo y marchando en sus bicis, mientras yo tengo mis posaderas bien asentadas en el sofá que comparto con innumerables libros y libretas, cuadernos y bolígrafos.

Esta entrada es la primera a mi Diario de una profesora interina, porque si bien he trabajado como profesora de español muchos años y en muchos contextos, es la primera vez que trabajo como profesora de lengua y literatura interina a alumnos de ESO y de Bachiller.

Siento que mucho depende de mí y siento que voy a necesitar sentarme a desahogarme más de una vez, y es que, de todas las cosas que he hecho a lo largo de mi vida para poder seguir adelante y estar más o menos sana mentalmente, escribir un diario ha sido la más consistente.

Why I have not written so much

So this little article is a way of explaining why I have not written so much (or rather anything) lately. I have been busy living. I used to say: life gets on the way. But now I think of it: on the way of what? Of living? No! I was just busy living! I should have accepted it earlier and make the most of it.

I am going to be honest and admit that I had given up on many things.

That was my life for a while: giving up… on writing, on finding a job which made me excited to get out of bed, on travelling the world, on challenging myself and pushing myself out of my comfort-zone, on finding love and true friendship, on believing on others and myself…

I still haven’t found what I am looking for (U2 can quote me on that), but I feel like I can somehow stop feeling lost, aimless and… well, sad.

Life is a funny thing, like sometimes it laughs at you, but sometimes it makes you laugh. I suppose it all depends on the way you look at things and at life.

I don’t know, maybe I was looking for too long at my own bellybutton and not seeing anything remarkable there, apart from the occasional fluff.

I had lost faith. Not that faith is essential for life, at least not the kind of faith one thinks of immediately. But rather, faith in oneself and one’s possibilities.

I am not saying I am super sure of myself these days and that I am certain I can accomplish anything, including my plans of living great adventures and such.

No, those days are past, even though they were never here, which means they will never be.

No, what I am saying is that there is more to life than just making plans and try to follow them through: there is living.

Carpe diem, snatch the day, live the moment, they say, because the moment is the only thing we have.

I may never become great at anything, I may never establish myself as a disciplined and reliable (and certainly not an acclaimed) author, yet I am happy to say that I am writing now and doing just fine, which is – if I may say so – quite remarkable.

I am living the moment: neither looking ahead nor looking behind at what I lost or what could have been.

Yes, I am just here.

Reiniciar el sistema

Hoy me he levantado con la necesidad de reiniciar el sistema.

En vez de ponerme la BBC Radio 4 o la France Info o la Rai 1 para escuchar las noticias en cualquiera de los idiomas que me gusta practicar, me he puesto una emisora de Spotify de pop-rock español a toda pastilla.  

En vez de hacer un café instantáneo me he puesto la cafetera italiana.

En vez de pensar en ser productiva y hacer todas las cosas que no caben ya en mi lista, me he quedado de pie al lado de la ventana por la que entra la luz del sol directamente, dispuesta a tostarme como un lagarto, mientras berreaba desafinadamente las letras de Leiva o La pegatina o cualquiera de las otras canciones que asocio con verano y con España y con amigos y con casa.

Hoy ha sido un día de esos en que necesitas volver a la casilla de salida, antes de volver a jugar.

A ver qué tal mañana.

Diario de una escritora en pijama – 30

Y así acabo el sábado, escuchando a Jorge Drexler porque alguien ha decidido compartir un momento de su vida en Instagram y he escuchado un fragmento de la canción y me ha apetecido escucharla a todo volumen, mientras intento hacer balance de mi día y convocar la sensación de que ha sido un buen día.

Podría hablar con Schneider y contarle todo esto en vez de escribirlo en mi diario. La verdad es que ya le he dicho a Schneider lo que tenía que decirle. Cada vez que entro en el salón y lo veo allí arriba, quieto como una roca, que no sé a qué espera a moverse, le grito: “¡SCHNEIDER!” y voy a sentarme al sofá, a seguir con la lectura de alguno de los libros que traigo entre manos. Schneider ni se inmuta. Moverse se mueve, pero nunca cuando yo estoy aquí. Ayer estaba en otra parte del techo. Está reconociendo el terreno, supongo. Pero a la vez creo que sabe que a estas alturas le he cogido algo de apego psicológico y no lo voy a matar. Lo cual no tiene ningún sentido ni coherencia, porque la semana pasada maté a su primo o hermana o algo… un familiar, porque era de su raza y etnia. Mismo cuerpo y mismas patas. Pero es que aquel no tenía nombre. Una vez nombro a una criatura, ya está, todo cambia. Esa criatura pasa a formar parte de mi entorno, de mi vida, y lo veo con otros ojos, los ojos de la familiaridad. Como mis plantas. No quería plantas. Para mí era como una manera de apegarme a esta casa. Igual que no quería mascota – y sigo sin querer mascota, a pesar de que me muero por un perro figurativamente hablando – por la misma razón. ¿Y si decido que me quiero / puedo ir el mes que viene a un lugar remoto y exótico a vivir? ¿Qué haré entonces con la mascota/la planta/la casa? Tarde. No tengo una sino ocho plantas. Hay dos cuyo aspecto denota una relación con la vida más precaria. O sea, que parece que están muriendo o a puntito de estar más muertas que vivas: lánguidas, descoloridas, desprovistas de la belleza típica de plantas sanotas y felices. Yo, al principio, atribuía su languidez al desafortunado ambiente en el que viven. El alféizar de una ventana que no aísla demasiado y por cuyas rendijas pasan considerables corrientes de aire helado no creo que concuerden con el estilo de vida típico de un aloe vera y un cactus. Pero Morta resiste. Morta es el cactus que a duras penas vive y se llama así, no por su precaria conexión con la vida, sino por mi infantil afición a la mitología griega. No por casualidad sus hermanas se llaman Décima y Nona. Ahora, curiosa e irónicamente el hilo que une a Morta con la vida está en entredicho. ¿Por las hermanas? ¿Por el ciclo de la vida? ¿Por mis inexistentes habilidades de jardinería?

Acabo de alzar la mirada. ¡SCHNEIDER! Ahí sigue, sin mover una pata. O tal vez sí, pero no me fijo en los detalles tanto. No sé cómo puedo aspirar a ser escritora si no soy capaz de apreciar los detalles. Pero bueno, no hago daño a nadie yendo de acá para allá por la casa, constantemente en pijama, gritando un nombre alemán que bien podría estar en la placa de un ascensor cada vez que veo a la araña con la que comparto salón, o anotando tonterías en un diario. Tal vez un día de estos todas las criaturas que compartimos esta casa encontremos algo mejor que hacer con nuestra vida… o nos muramos del todo. Pero de momento aquí seguimos. ¿A dónde vamos a ir?

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